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4 1 5 EL BELÉN DEL PORTAL Estos dias en que la Iglesia celebra y conmemora fecha tan augusta como la del Nacimiento del Hijo de Dios en abierta campiña, ál calor de immildísimo establo, son préciefamente los señalados por mi portera para dar rienda suelta á la expansión y á la algazara de sn troupe infantil, con grave detrimento de la tranquilidad de los resig iados inqnilinos, que barto tienen con pagar al casero. Desde que amanece basta que cierra el día, la turba, en lejano tiempo pesadilla de Heredes, bien provista de los más crueles instrumentos de martirio, zambombas, panderetas, tambores y almireces, no da paz á la mano, como dijo el clásico, ameniizando los intermedios de t a l modo, que y a ba habido en la vecindad dos tentativas de suicidio. Y lo peor es que se han unido los boers y los africanders: los chicos de mi portera y los de la prestamista de al lado, y el empujees verdaderamente formidable. Pero ¡ay! que no es eso sólo. En la misma planta baja padecemos una taberna do esas que se cierran aparentemente para dejar el escándalo dentro, y como los mediog chicos son peores que los otros chicos, aunque los primeros por lo menos se beben y con los otros no hay quien pueda, muchas veces suben por lo angosto del patio los ecos de una bronca más ó menos formidable producida por una de esas tribus que, calle adelante, van haciendo estación en cada taberna, cantando villancicos con m u y malos caracteres de letra, y empinando el codo como si no llegaran. Pues para amortiguar un tanto este cuotidiano jaleo, por la noche, en la última hora, los mozos de la tahona que hay en el patio inmediato acompañan la labor con cantos procedentes de la tierra, sin duda para que la masa sea más ligera, y así luego los panecillos resultan faltos de peso, sin saber la razón. Pero todo esto, con ser inconveniente y molesto, no llega al belén del portal, centro, eje de todos los ruidos. Y la cosa subió de punto la otra tarde por una cuestión habida entre uno de los hijos de la portera y otro de la prestamista sobre motivos del tambor. Ello es que, á los gritos de uno y otro, salieron las respectivas madres, se llamaron ciertas cosas feas, hubo mientes como puños y puños como mientes, y en cinco minutos se llenó la portería de comadres, cada u n a en favor de su gallo; la escalera se colgó de vecinos, que también tomaron parte activa en la contienda, y después de media hora de fuego, de nutrido tiroteo de palabras, las cosas volvieron á su punto, los moños á su sitio y los chicos cesaron de berrear y de revolcarse por el suelo. La tranquilidad volvió, pero por poco tiempo, desgraciadamente, pues á la hora en que la portera acostumbra á llevar á su hombre la comida, los crios, aprovechando tan precioso momento, se dividieron en ingleses y boers, haciéndose fuertes los segundos en el primer tramo de la escalera, donde improvisaron una trinchera con iodo lo que encontraron á mano en la portería. La defensa del paso del río quedó perfectamente simulada colocando una artesa llena de agua entre los dos bandos. Había que forzar el paso del río, y, naturalmente, lo primero que. vino abajo fué la artesa, inundando toda la escalera. Cuando llegó la portera se encontró á sus chicos amarrados á la barandilla fuertemente: eran prisioneros de los boers. La mujer, que no entendía de táctica, al ver la escalera en tan lastimoso estado, la emprendió con los boers, y, como vulgarmente se dice, se quedó sola, suspendiéndose por el momento las hostilidades. Y así acabó el día. ¿Qué nos reservará mañana la suerte? Cualquiera lo sabe. Ese sí que es el verdadero portal de Belén, pero de Belén continuo! L U I S ABALDÓN