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t t s i 1 H II Una voz dijo de pronto j u n t o á los dos golfos, dirigiéndose á cualquiera de ellos: 3 J; ¡Oye, tú, oMoo! ¿Quieres car vrSi? gar con estas figuras? Ambos miraron. Un señor muy elegante compraba pastores que elegía un niño oolo radito y rizoso. Por lo visto estaban decididos á llevarse el puesto entero. El pequeño no se cansaba de pedir, y pedía bien el condenado. Las figuras más caras, los grupos, una tía Gila hilando y dormitando mientras el gato se comía los garbanzos de una olla volcada, un viandante cansino, con un cordero muerto á cuestas, llamando en- la puerta de un mesón, y el posadero asomAndose á la ventana candil en mano. ¡Y que no era déspota el muebacho! ¡Tan imperante como blando el papá! De modo alguno habría oonsantido el señorito que le mandaran luego á su casa, á los cinco minutos, las figuras; quería conducirlas consigo. Tuvo, pues, el padre que adquirir un gran panderetón sin pintar, -que no caería en saco roto, pues ya lo aprovecharía la astúrica nodriza á la noche para cantar los villancicos, -y acomodar la tropa de barro en la pandereta como en un arnero. Los dos golfos abrían unos ojos más anchos qixe platos, considerando que toda aquella muchedumbre de figuras se la llevaba á su casa un solo niño. ¡Qué nacimiento tan grande tendría! De su arrobamiento les sacó la voz del señor, y cualquiera de ellos, el más próximo, cogió el panderetón, encajándoselo sobre la cabeza, y siguiéndole su cam. arada de tristezas, echaron ambos tras el potentado y su hijo, que no cesaba de volver la cabeza vigilando á los granujas. ¡No; podía ir tranquilo el señorito! Quizás de no habar peligrado la salud de las figuras habría echado á correr el golfo con su precioso cargamento, poniendo pies en polvorosa, pero temió que al salir corriendo se hiciera trizas, y continuó en pos del señor y del niño, andando con una cautela exquisita para que las figuras no cabeceasen, contentándose con odiar á la insolente criatura que tal suerte tenia en tan tierna edad. El otro granuja no ponía menos cuidado en la conservación é integridad del convoy. Más de una vez levantó hacia el panderetón las manos é intentó cogerlo, obteniendo de su camarada un no seco, un ¡quita, quita! que le hizo bajar con desaliento los brazos. Llegaron al domicilio del señor, acudió el portero, un hastial de levitón verde, y él se hizo cargo del panderetón entre los gritos alegres del niño, que le explicaba las figuras que traía. Cuanto al caballero, sacó del bolsillo una moneda de plata de dos reales, y se la dio al granuja, que se quedó absorto, quieto, hecho una estatua, mientras el donante se hundía en el portalón murmurando: ¡Parece que le ha sabido á poco á este pillo 1 ¡Ah, no! No le había parecido poco, ni se daba cuenta siquiera de la propina que había tomado. Era que ante la suntuosa casa todavía se había imaginado más grande el peñasco, y le parecía que el alma se le iba escaleras arriba con las figuras. T aún hubo otro dolor más agudo que el suyo: el de su camarada de colillas, que le dijo con lágrimas en los ojos, suspirante por la dicha gozada por su colega: ¡Pues no te quejes! ¡Porque siquiá, las has traído tú las figuras! m ffsm gin ALFONSO P E B E Z N I E V A DlBOJOa DE MÉNEZ BRINGA