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5- A 4 1 I 1 i L JJJ 1. L INAUlViiJllN i U ¡Te digo que el ray negro es el Melchor! ¡Quita, h- ombre! El negro es G- aspar. ¡Qué va á serlo! -Me alegrara que estuviá aquí el Chato, el tambor. -Y aunque estuviá, ¿qué? ¡Que el cabo de la banda sabe la mai de historia eclesiástica, y de seguro que nos sacaba de dudas! T discutiendo con tal calor, punto menos que pegándose per si el cutis de ébano pertenecía á éste ó al otro de los orientales monarcas, permanecían clavados los dos- gjlfos ante aquel puesto de figuras de Nacimiento de la Plaza Mayor, á conveniente distancia, eso sí, porque ya el amo del tenducho les había enseñado el puño una voz, gritándoles que para mirones bastante tenía de cuando en cuando con la pareja de seguridad. ¡Valiente m m e r a de agradecer el que prefiriesen sus pastores á los da sus compañeros! Lo que es como buenas, las figuras no tenían rival. Los criados de los rayes, con la mano en alto para sujetar los camellos, sa parecían enteramente al Colón que brinda un toro á las estrellas allá arribota de la palmatoria. Y no lo decían motejándolo. ¡Mía t á si están bien hechos, parque esa estatua es la mejor de Madrid! Pues no digamos ná de los caballos. ¡Qué pinta! Ni los que gastan los batidoras de artillería. Hasta las ovejas, muías y buayes eran que ni de verdad. Luego había que ver el brillo del barro y los colores, la mar de finos. Vamos, que no comprendían que comprase nadie pastores sino allí, y lo que es si ellos hubieran sido hombres i parné y hubieran naóesitado adquirir los pastores que requiere un peñasco, no habrían ido á mercarlos á otra parte. ¡Tener ellos dinero! ¡Un Nacimiento! La procacidad de la calle, aun mostrando prematuramente la vida, no llega á secar por completo la ilusión en la mente infantil. El chico es con frecuencia niño, y ambos granujas, con la fantasía llena de imágenes de peñascos cuajados de volitas encendidas, dejábanse arrullar de cuando en cuando por el éxtasis y creíanse con un buen billete en la cartera, sin poseer cartera ni menos billete, para comprar todas aquellas figuras, sin dejar el más insignificante borrego, y repirtírselas entre los dos, prestándoselas luego con objstD de no dejar do disfrutar de ninguna. Por ser Nochebuena, el día clásico del hogar, la fecha solemne y radiante en que no se conciben ni los olvidados ni los hambrientos, ninguno de los dos pobres golfos había comido otra cosa que u n zoquete de pan duro. Las figuras del puesto aquel tenían la culpa. Por ellas habían llegado tarde al rancho de la mañana en el cuartel. Pero no les importaba, porque, en cambio, ¡vaya un hartazgo de mirarlas que se estaban dando, y qué de combinaciones de pastores y de reyes caminando por los senderos da su peñasco imaginario llevaban hechas! La llegada al puesto de cada niño rico de la mano de su padre, y quo, efectivamente, con plata que sonaba, compraba monarcas y aldeanos, camellos y corderos, les volvía á la realidad, mostrándoles su desamparo, su bolsillo mísero, que, si acaso, encerraba á lo más una colilla de puro guardada á burtadillas y sisada al bote de la picadura, que tenían que entregar á las fieras de los respectivos padres, so pena de una segura paliza monumental.