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ineñte... Norita no había de andar rodando por las fondas... En el convento esiaria al primor. Y la abadesa aprobó con la cabeza: ¿dónde mejor? Allí, con su tía, con las Madres, en aquel sosiego, lejos de peligros mundanoB, preparándose á la primera comunión... Que la trajese cuando gustase, sin reparo: qué la trajese y vería maravillas. ¡La madre Leonor iba á ponerse poco contenta! Tener allí á la sobrinita... Y la iseñora, al escuchar á la anciana monja, desdentada, babosa como una abuela, perdió los escrúpulos y se decidió á soltar dé lleno el peso de la maternidad. ¡Se la cuidarían! Podía apartarla de sí, correr hacia lai felicidad, como el barco que libre de lastre vuela al empuje de las olas Subiéronse otra vez al coche la niña y la madre. Rodó la berlina por las calles c a s i desiertas, á aquella hora y con aquel glacial frío del Diciem bre m a d r i l e ñ o Niebla gris y densa empezaba á tender sus fluidos tules, y los mecheros del alum foradoj entre ella, amarilleaban y extendían su irradiación en fantásticos círculos de claridad, como ojos inmensos de mochuelo. Nora, de pronto, tocó en 1 codo á la dania. -Mira lo que l l e v o aquí, -dijo con c i e r t a ufanía, entreabriendo el abrigo. Se inclinó la madre, y en una intermitencia de luz que proyectaron los faroles de la berlina, vio el bulto de un muñeco, de un nene desnudo Era el clásico Jesüsín de las monjitas, ingenuo y castamente idealista en su modelado; pero tan mísero de formas, tan chiquitín, y sobre todo, tan mortecino de color, que la señora no pudo menos de exclamar riendo: ¡Qué feo es el pobre muñequito! ¡Si no se supiese que era el Niño Dios! Calló al pronto Nora, y después, con énfasis, murmuró respondiendo á la observación de su madre: -Feo será, pero se me parece mucho. Y como su madre se echase á reír otra vez de la inesperada ocurrencia, añadió la chiquilla: -Pues es verdad. Verás si fraulein dice ó no que nos parecemos. ¡Si es igualito á mí! Como yo: de cera. ¿No soy yo de cera, mamá? ¡Qué tonterías! -exclamó la señora, involuntariamente acongojada por las ideas que el dicho detDIBDJOB DE B L A N C O CORIS pertaba en su conciencia. ¡Qné has de ser de cera! Eres de carne. ¡Boba! -Pues bien he oído- -insistió la niña- -que soy de cera; ¡vaya! lo he oído. Y el otro día, el jueves, cuando vinieron á verte aquellas señoras, ¿no sabes? las de Vivaldo también las oí que al salir decían que por eso porque soy de cera parezco u n muerto. ¿Es verdad, mamá? ¿Son de cera los muertos? ¿Está muerto este Niño? ¿Era de cera papá después que se murió? La congoja de la señora adquirió intensidad física tal, como si una maúo de hierro la apretase el corazón, deshaciéndoselo violentamente. El lento rodar del coche entre la niebla; la voz de la nifia, apremiante y suplicante; su rostro, en que la semioscuridad llenaba de sombra la boca y los ojos, no dejando aparecer sino las vagas b l a n c u r a s de la frente y las m e j i l l a s -todo contribuía á evocar los temidos recuerdos funerarios que de tiernpo en tiempo asombraban su espíritu, deseoso de borrarlos para siempre. ¡Pero qué ha de estar muerto ese niño, hija! -tartamudeó evadiendo la otra pregunta. ¡Si es el Niñiii Jesús! ¿No sabes que ha de nacer mañana á media noche? Mira, no digas disparates- -Y si nace mañana í ¿puedo yo ser su mamá? -interrogó la niña. -No hay inconveniente- -contestó la señora con la respiración algo más désahogadia, y atrayendo á si á Nora para hacerla u n a caricia. Antes de que los labios de ¡i la madre llegasen al rosl tro de la criatura, ésta había pegado los suyos á la carita pálida del Niño de cera, murmurando: -Este es mi hijo Dormirá en mi cuarto, y ya no me separo de él. ¿Eh, mamá? Los niños con sus madres. La caricia de la señora se humedeció. TJn rocío fresco, ascendiendo del corazón á las pupilas, dilató su alma, en la cual la maternidad dormía, pero alentaba aún poderosamente. Y apretando á Nora con una especie de furia, con la tierna brutalidad del instinto que despierta y rompe por todo, articuló como el que pronuncia u n juramento: Los niños, con sus madres Claro, cielo mío. EMILIA PARDO BAZÁN