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CLICHÉS MADRILEÑOS Como rompen su cauce los ríos cuando el sol primaveral deshiela la nieve en las sierras al aproximarse los alegres días de la Navidad las tiendas de comestibles se salen también de madre, y atrepellando las ordenanzas del Municipio, inundan de barriles de aceitunas, botellas de vinos generosos, ricos jamones y dulcísimos mazapanes, las aceras de la corte. Madrid parece Jauja. jLástima grande que no sea Navidad todo el año! Recorriendo las calles donde están situados los almacenes de ultramarinos más famosos de Madrid, podría cualquier gastrónomo reconstruir Ja patria por medio del estómago (que es, en suma, él arte de reconstrucción que emplean casi todos nuestros hombres pslítioos) viendo aquí, en lujosas cajas, los mazapanes de la imperial Toledo; al lado de ellas los frascos ó tarretes de almíbares granadinos; no muy lejos, é imponentes en su papel plateado, los sabrosos embutidos catalanes y mallorquines; jamones asturianos, quesos montañeses, vinos de Andalucía, chorizos do Extremadura, conservas de la Rioja, sidras vascongadas cuanto produce la nación para alimento ó bebid y todo en medio de la calle, como esperando á que pase el señor ministro de Hacienda y se lo lleve. ¡Qaé hermosísima laooión de geografía podrían dar á sus hijos los padres que los tienen y se preocupan do su enseñanza, llevándoles en estos días felices á recorrer aceras de ultramarinos! Ya que nos hemos quedado, según afirman preclaros varones é ilustres damas, sin leyenda dorada; ya que no nos sea posible argüir con ejemplos de históricas proezas para qtie los españoles de m. añana amen y consideren á su patria, ¿no nos seria lícito enseñar hoy á los niños unos barriles de aceitunas, verbigracia, apilados ante la pueita de un ultramarino, y decirles: Mirad, hijos, las aceitunas que están en esos barriles son paisanas del Gran Capitán Gonzalo de Córdoba, pero desconfiad del Q- ran Capitán y creed únicamente en las aceitunas? Imagino que sí; es más: conceptúo que la nación, perdida para nosotros por un desplome de sueños, de grindezas, por u n desgarramiento de leyendas doradas, podría renacer á nueva vida en nuestros amorosos y filiales corazones merced á sus embutidos, sus latas de pimientos, sus vinoB dorados, sus ricos mazapanes No la querríamos, ciertamente, como antes la quisimos por su áurea leyenda de madre heroica y sufrida; pero la amaríamos al fin y al cabo como ama de cria robusta, fresca y abundante. El amor ideal do D. Quijote, que á tantas y tan locas aventuras le arrastró, habría muerto para siempre en esta tierra de exoaballeros de la triste figura; pero el afecto que á Sancho le inspiraban las buenas tajadas y los guisos excelentes, nos bestaría para satisfacer esa ansia de amar á la patria grande ó chica que aún perdura en nuestros románticos espíritus. Hacen perfectamente, y se acreditan con ello de excelentes patriotas, los tenderos de ultramarinos madrileños al desbordar sobre la acera próxima á sus establecimientos cajas, barriles, frascos, botellas y embutidos. ¡Lástima que esa exhibición de las grandes fuerzas nacionales no dure más que el período do la festividad mayor del año! Debería de sor constante, diaria, inacabable. Y así, después de recrear los ojos, maldiciendo de doradas leyendas, en tan práctica y bien amada oontrafigura de la nación, cada vez que un golfo oogiera al pasar una cuerda de embutidos y se la llevara corriendo, desde el tendero robado hasta el último español exclamaríamos sonrientes y gozosos: ¡Aún hay patria, Veremulido! J O S É DH R O U R