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Volví al pueblo de. mi. procedencia, y no pude sustraerme á las miradas de los transeúntes. Unos deoían al verme: Parece J u a n por los andares; pero ese no es su color natural. Otros exclamaban: ¡Bien afeitadito viene el gachó! Y alguno murmuraba: ¿Qué habrá hecho éste tío para que le hayan puesto verde? Fui á comprarme un sombrero mayor que el mío, porque éste no me tapaba toda la sandia, y á fin de conservar en lo posible mi carácter flsonómico adquirí también unas gafas excelentes. ¡Qué trabajo me costó colocármelas! ¡Cómo se me escurrían por todas partes! A lo mejor nie olvidaba de lo acontecido, y me creía con cabeza. Sólo cuando me picaba la sandía y echaba la mano pararascarme, reconocía m i desgracia. ¡Los apuros que pasé y las rechiflas que sufrí! En cambio gocé de algunas ventajillas. Ya no podía nadie subírseme á las barbas, me subiese á las pipas! Tampoco tenía que gastar un céntimo en la peluquería. TJn día entré distraído, y ¡naturalmente! los barberos se cruzaron de brazos al verme, como diciendo: ¿Y qué hacemos con este parroquiano tan liso y tan morondo? Entonces caí en la cuenta y salí todo avergonzado del establecimiento. Poco me duró aquella extraña situación. Yo tenía una novia, y no me atrevía á presentarme ante ella temeroso de inspirarla horror; pero recordé lo aficionada que era á las sandías, corrí á verla, y la pobre se alegró infiaito del cambio, porque precisamente no estaba conforme con la incorrección de mis facciones ni con la ligereza de mi meollo. Asi es que verme la chica y querer calarme, todo fué uno. Pretendí darle las gracias por su cariñoso arranque, pero como yo carecía de booa, tuve que decirle: -Yida mía, trae un cuchillo y hazme una incisión en el sitio correspondiente, para poder hablarte. Apenas oyó mi reina estas palabras satisfizo mi deseo, y en seguida se me hizo la boca agua. La referí todo lo que me había pasado, ella me besó apasionadamente, lai nueva cabeza se puso muy colorada por dentro, y todas las pepitas se estremecieron de gusto. El resultado fué, como es natural, una jaqueca de primer orden. Además, para celebrar tan favorable acogida, mandé por una botella de vino, y éste se me subió á la sandía. De modo que por unas cosas y por otras, tuve que meterme en la cama. No tardé en quedar amodorrado. Mí novia me velaba dirigiéndome miradas sospechosas. La jumera y el dolor de sandía me habían hecho caer en el catre sin fijarme en un cuchillo que junto á mí brillaba. Durante veinte minutos permanecí completamente inmueble. Cuando volví en sí, presentábase en el aposento el cuadro más espantoso que puede imaginarse. Una joven, inflada y satisfecha de su suerte, se relamia con frenesí, y un cuerpo sin cabeza yacía sobre un catre orlado de cascaras y pipas en desorden. Todo se había consumado y consumido. Mi novia, impulsada por el amor y por la gula, se me había comido toda la cabeza con verdadero deleito. Tal fué mi sueño. Se lo referí á mi padre esta mañana, y el pobre señor volvió á decirme por todo comentario: ¡Cuando yo decía que tú ibas á perder la cabeza! ÉREZ ZÚNIG- A