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Muellemente reclinado en una butaca de mi despacho, me quedé dormido anoolie pensando en ciertas palabras que mi padre había pronunciado poco antes de abandonar mi casa (que es muy suya) para dirigirse á la suya (que es muy mía) ¡Hijo, tú vas á perder la cabeza! -me había dicho á consecuencia de una cariñosa polémica que sosteníamos, y de la cual podía deducirse que aquella observación paternal estaba muy puesta en razón. No era, por cierto, la primera vez que me la dirigía. ¡Tú vas á perder la cabeza! me había dicho repetidas veces. Pero la última me hizo n ás efecto que ninguna otra, y bajo tal impresión me entregué en brazos de Morfeo, ó de Morphy, como lo llama una señora que yo conozco. A los pocos minutos comencé á soñar, y van ustedes á saber en qué consistió mi pesadilla. Caminaba yo por una selva completamente solo y desprevenido, cuando entre unas matas surgieron las figuras horripilantes de tres facinerosos. ¡Qué aspecto el suyo! ¡Me río yo del Saca- mantecas, del Rebaña- hipocondrios y á. éi Destripador de viudas! Todos ellos son forajidos de teta comparados con los tres individuos que en la selva se me aparecieron. ¡Alto! -me gritaron apuntándome con aús trabucos. -Ni alto, ni bajo, -respondí con arrogancia yo, que soy un valiente, sobre todo en sueños. Pero aquel alarde fué inútil. Yo no llevaba otras armas homicidas que un lapicero y un peine. La lucha, pues, hubiera sido un poco desigual y un mucho temeraria por parte mía; de suerte que me entregué á los bandidos, y el más sanguinario de ellos tuvo á bien atarme al tronco de un árbol y separarme la cabeza del tronco. Metiéronla en una lata que había tenido galletas, y los tres desaparecieron con ella velozmente haciendo desplantes y encargándome muchas expresiones para la familia. La situación en que yo quedé era verdaderamente angustiosa, porque la cabeza es cosa que se echa muchísimo de menos cuando falta. Lo primero que hice fué llevarme las manos al sitio de la mutilación, ó inmed. iatamen te recordé las palabras de mi padre: Hijo mío, tú vas á perder la cabeza. Sin ella me aguardaban incalculables apuros en mi peregrinación por el mundo. Así lo pensé; fui á llorar mi desventura, y lo dejé por falta de lágrimas disponibles. Al fin tuve que hacer de tripas corazón, ya que los bandoleros habían tenido la bondad de respetármelas. -Sin algo sobre los hombros, por modesto que sea- -me dije- -no puedo presentarme á nadie decorosamente. Se impone, pues, que yo me procure una cabeza. Pero ¿cómo lograrlo sin decapitar á u n semejante? ¡Noj eso sería horrible! En tales reflexiones me andaba yo, cuando acertó á pasar junto á mí un arriero con u n borrico cargado de sandías. -Buen hombre, dije al arriero, ¿me vende usted? -Sí, señor, -me respondió mirándome aterrado. -Pues elija usted la mejor, y oolóquemelasobre los hombros. f i z ó l o así el vendedor, guardóse la peseta que le di por la sandía, desapareció haciéndose cruces, y yo recobré gran parte de roi tranquilidad; tanto, que como, allí no había espejo ninguno, hasta llegué á hacerme la ilusión de que la sandía era mi propia cabeza.