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r cv ff- Ta n- r, c -f? i rtfy r yfr r r -í í Cin t j í r- i. -yv -Vy- -o- i o r- x- ac- Xr -y -y- y na v. j. v Las matemáticas soa una ciencia triste. Más triste que ninguna otra cuando desde el escaño de la oposición llueven sobre el Congreso desierto cifras y más cifras que demuestran la penuria de nuestra Hacienda. Pero también hay cálculos alegres, y uno de ellos, t a l vez el más alegre de todos para nosotros los que tuvimos la dicha de nacer en esta tierra europea que se asoma al continente africano, es el cálculo de las horas de sol q ue disfrutan al año todas las naciones de Europa, porque de ese cálculo, pese á la ruina de nuestra Hacienda, á la liquidación de pasados desastres y al insoportable aumento de los tributos, de ese cálculo, ó en ese cálculo resultamos vencedores los hijos de la feliz Hesperia. ¡Todo nos lo han quitado, menos el sol! El postrer rayo suyo que palidece en la montera de cristales del Congreso mientras suenan como gemidos de una nación moribunda las cifras de millonea que debemos, el postrer rayo suyo dice al resbalar mortecino por aquellos parlamentarios vidrios: ¡No se apuren ustedes por eso; yo volveré mañana! Y gracias al espléndido sol de nuestro espléndido cielo, los españoles vivimos, y vivimos de tomarlo. Allí donde haya una pared orientada al Mediodía, hay en Madrid dos cesantes, tres vagos, cuatro jornaleros sin trabajo y seis golfos que disfrutan la inmensa dicha de vivir cara al sol, sin más hogar que el movible de un rayo, ni más calor vital que el tibio de la solana. La luz, ese alimento del espíritu, es también alimento do los cuerpos... poco ó mal alimentados, y nadie sabe cuan parecidas son las esperanzas á las mariposas en eso de enamorarse de la luz, como aquellos cesantes ó miseros que tomando el sol ayunos y rotos ven en el relampagueo de la claridad solar notar credenciales, invitaciones de banquetes, prendas de vestir y hasta billetes del Banco. ¡La fantasmagoría de la felicidad cerniéndose entre el polvillo dorado de u n rayo de sol! ¡Herm. osa apoteosis para una pieza del género chico abundante en cesantes, chulos, golfos madrileños, españoles! En tierra de Valencia, donde cae un rayo de sol nace un rosal; en toda tierra española, donde sucede lo mismo surge un picaro á tomarlo. Si el sol de España sufriera un largo eclipse, habría que ir á buscarle á los libros de nuestra literatura picaresca. ¡Allí está el sol de España vertiendo sus poderosos rayos, que curten la piel del rostro y arrugan la del alma, sobre hampones, arbitristas, damas del tusón, jugadores de flor, pajes, validos, escuderos, estudiantes y lindos. Si en lugar de discutir los presupuestos en el recinto tristón y cerrado de la Cámara los discutiesen nuestros diputados cara al sol, de espaldas á una pared orientada al Mediodía, todos los españoles seríamos ministeriales, y los millones que debemos parecería que nos los debían á nosotros. ¿Lo duda el lector? Pues mire los personajes de la instantánea que va sobre este artículo. Todos son españoles, todos son millonarios imaginativamente. ¿No han comido? ¡Es posible! ¿Se visten de agujeros? No lo dudo; ¡pero toman el sol y aplaudirían al señor Villaverde! J o s DE ROURE