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E i r- X -N v V V -If 4 i 1 detuvo, se bajó del jaco, pidió agua de la íerrada ó leche de la vaquiñai; bebió, alabó, agradeció, y sostuvo con Rosa una plática que sólo podrían narrar las ramas del cerezo que sombrea el arroyo más cercano Ocurrió este pequeño episodio dos días antes de que cierto formidable cacique, al servicio y devoción del señor de Magnabreva, se decidiese, desesperado ya, á jugar el todo por el todo, á fin de salvar la elección comprometidísima y á dos dedos de perderse irremisiblemente. Lo apurado del caso le sugería un supremo recurso, que el desalmado vacilaba en emplear, porque hay remedios heroicos qae pueden ser funestos, sobre todo cuando no se administran desde las alturas del poder Más que el inminente triunfo de Sixto, tentó al cacique la ciega confianza del joven candidato. No quiero ser cunero antipático, diputado impuesto, sino popular y querido decía Sixto, gozándose en aparecer donde menos se contaba con él, en sorprender á sus partidarios con iniciativas propias Esto decidió al enemigo. El golpe se tramó en una tabernucha, cuyo dueño era de los contrarios de Sixto; la taberna se alzaba al borde de la carretera, no lejos de la choza de Eosifia. Habíanse reunido allí loa más ternes, los más capaces de salir con una hombrada dejándose encausar después, seguros de que mano próvida y que alcanzaba muy lejos, lea había de mullir colchón para que no les doliese el porrazo. Uno de loa conspiradores, conocido por varias siniestras fechorías, era radical: quería dejar seco á Sixto Dávila; otro proponía un secuestro; pero el cacique, prudente y cauto, I mitió distinto parecer: nada de navajazos, nada de armas de fuego, que hacen ruido y alarman; nada de escopetas, ni siquiera de garrotes. Aquí lo que interesa es que se inutilice para la elección, vamos para estos días; que no pueda menearse, porque si sigue meneándose y apretando, inoa revienta I Tú, Gallo- -ordenó al primero, -me vas á traer hoy un carreto de arena fina de la mar ¡que así como así te hace falta para echar á la heredad del trigo 1 Tú- -mandó al dueño de la taberna- -dices á la mujer que amafie unos sacos de lienzo bien hechitos y larguitos y fuertes Él ha de pasar por aquí mañana al anochecer, para ir á Doas á casa del cura ¡Y cuidadol, muchos golpes en la espalda pero á modo, á modo, como quien no hace daño La mañana que siguió al conciliábulo, Bosifia fué llamada por la tabernera para que suministrase el lieczo y cortase y cosiese y rellenase loa sacos Nadie desconfiaba de la rapaza, á quien la tabernera, adema? encargó el mayor sigilo. Son para hacerle unos cariños á un galopín, mujer... Por alusiones ó indiscreciones, Eosiña adivinó quién sería el acariciado; y temblando lo mismo que la vara verde, empezó su faena. La mano no acertaba á manejar la aguja, los ojos se nublaban. Demasiado sabia ella los cariños que con los sacos de arena se hacen. El que los recibe no dura mucho, no Al pronto sólo advierte gran postración, profundo decaimiento; queda molido, rendido, deseoso únicamente de extenderse en la cama, pero sin dolor alguno, sin enfermedad; y pasan días y no recobra el apetito, y palidece, y arroja sangre por la boca, hasta que al fia Y Rosiña veía al señorito guapo y llano y de palabreo tierno que le habla padido agua de la ferrada, tendido entre cuatro cirios, menos amarillos que su rostro Al anochecer, como Sixto al galope de su caballejo se aproximase á la taberna, el jaco pegó un respingo, y el jinete vio surgir de pronto una ra. ujer que se agarró á la brida con fuerza. Eeconoció á Eosiña la tejedora y sus primeras frases fueron alegres galanterías. Pero la moza, balbuciente de terror, pidió atención, refirió una historia Sixto- -después de vacilar un instante, -echó pie á tierra, y con el caballo del diestro, emparejando con Rosiña, guiado por ella, callados los dos, tomó á campo traviesa en busca de un sendero oculto por los arbolea. -Para volver atrás era tarde, y segair adelante, una temeridad insensata. Su vida peligraba y con horrible peligro No tenga miedo, señorito, que en mi casa no le buscan advirtió la moza, al disponerse á dar acomodo en el establo de su vaca á la montura del candidato Ea efecto, nadie le buscó allí; á la mañana, la Guardia civil, avisada por Eosiña, le recogió y escoltó haata dejarle á salvo. Y Sixto Dávila venció en toda la línea; pero no soapacha, nadie en Gobernación ni en el Salón de Sesiones, que el triunfo se debió al voto de Rosiña la tejedora. EMILIA PARDO BAZÁN DIBUJOS DB BLANCO COEIS