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Aq- uéllos hombres pasionales, con más médula que cerebro, cuyos temperamentos enérgicos y activos esta. ban represados por la reclusión forzosa, tenían más potencia emocional que el ordinario público de nuestros teatros, compuesto en su mayoría de bondadosos y pacíficos burgueses. Así, de vez en cuando, siguiendo las peripecias del melodrama, retumbaba entre ellos ronco y tumultuoso murmullo, parecido á rugir de leones, y la gran falange de presidiarios, como si fuera de una sola masa, adquiría u n movimiento oscilatorio de atrás para adelante, que asemejaba el impulso de la acometida verdaderamente amenazadora. Aquellos hombres, separados de sus pueblos y de sus familias, desterrados do los centros del amor, se acordaban sin duda de sus mujeres, de sus madres, de sus hijas; el melodrama era una mano terrible y nerviosa que penetrando en su alma hacía vibrar de una vez todas las fibras; los recuerdos de la vida completa y libre, de las ternuras del hogar, despertaban en ellos oleadas de fuerza pasional, cuyas espumas se desahogaban en lágrimas y en contorsiones reprimidas por la disciplina del presidio y por el temor á los vigilantes y á la guardia; pero así que llegó la escena final de la obra, cuando vieron que aquel miserable Soberto abusaba criminalmente de su fuerza y huía sin que tuviera castigo, mientras ellos, por causas que juzgaban menos crueles y más justificadas, sé veían encarcelados, entonces, digo, toda la emoción reprimida, la pasión oculta, la electricidad neurótica, espoleada por el feroz sentimiento del odio, estalló al fin en tumultuoso y aterrador desconcierto. ¡Fuera! ¡fuera! -gritaban. ¡Que le maten! ¡Muera Roberto! Las voces, las imprecaciones, los rugidos, el pataleo, llegaron á tal punto y de tal modo excitaron á la masa feroz, que cediendo al fin al movimiento impulsivo, avanzaron hacia el escenario, atropellándolo todo y dispuestos á destruir cuanto se opusiera á su camino. En tanto, los actores huían, el director vociferaba, los oficiales y el jefe de la guardia agitaban sus sables. v- f I II I I 1 I I I da fiera. ¡Quién había de decir- -exclamaba el director- -que se indignaran tanto de los crímenes los criminales! -Eso probará á usted- -dijo el antropólogo- -que el bien y la moral son los fundamentos de la personalidad humana. El amor al bien es la ley natural impuesta por Dios en el alma del hombre; y no sólo en los presidios, sino en las naciones corrompidas y degeneradas, la virtud se impone siempre y la reclaman y piden aun los hombres que faltan á ella. RAFAEL TORRÓME DIBUJOS DE E S T B V A N