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INSTANTÁNEA DEL RETIRO Muolios cantores lia tenido la primavera, pero más el otoño. La poesía es un pájaro que anida en las alm. as tristes, y canta cuando los demás pájaros callan; no en los días de Mayo, sino en los de Noviembre; no cuando nacen las hojas, sino cuando caen. El ver romper las olas y el ver caer las hojas son los dos espectáculos más tristes que nos ofrece la Naturaleza. La ola que viene amenazadora y se deshace en espuma, gigante que acaba en niño; el árbol robusto, cu. bierto un día de verdor, que va poco á poco perdiendo su follaje, hasta que muestra al ñn el esqueleto de sus ramas No sé qué asociación de ideas tristes, al pensar en el bosque desnudo, me trae á la imaginación la playa desierta, y veo al mismo tiempo las hojas del bosque cayendo y la espuma de las olas deshaciéndose en la arena. Las dos grandes fuerzas de este mundo rotas: la del mar en efímera espuma: la de la tierra que nutrió las raíces del árbol robusto en hojas amarillentas y crujientes, y el viento á su paso cerniendo la espuma, arrastrando las hojas. ¡Así se va todo! ¡Quién recordará sin pena, al ver hoy el Retiro, aquellos días de la última primavera, cuando los árboles ahora desnudos comenzaron á vestirse de follaje! La sombra que sus ramas proyectaban, débil aún y manchada de luz, atraía á las parejas de enamorados que creían ocultar su felicidad en la tibia penum. bra, porque c. om. 0 el amor es un misterio, apetece la semiobsouridad misteriosa, Pero á veces un rayo de sol indiscreto, filtrándose por el claro del follaje, caía de pronto sobre las cabezas de los enamorados, sorprendiéndoles como una maliciosa mirada de ojos humanos; y el viento primaveral, al pasar, se reía del chasco; reíanse también) as hojas recién nacidas, á las cuales el viento contaba la aventura; reíanse los pájaros nuevos que oían en sus nidos las murmuraciones de las hojas, y desde el parterre llegaban también risas de niños como haciendo coro á esa risa sana de la Naturaleza ante el misterio del amor sorprendido. Hoy ya los árboles desnudos apenas proyectan sombra cuando el sol otoñal les alumbra; las parejas de enamorados no pisan las escondidas sendas por donde tantos fueron y tantos han de ir todavía; los pájaros, ateridos, ño tienen humor de escuchar historias ni de cantarlas, y aquellas hojas murmuradoras que tanto se reían con las fantasías del viento, van arrastradas por éste á ras del suelo, con un rumor de secos crujidos y con un resbalar de cosas muertas que ponen espanto en el alma. ¡Ay risas de la primavera! Y cuando las hojas muertas van cubriendo sendas y jardines, una escoba vulgar las amontona, un esportón las recoge, y al estercolero. ¡Bah! también lo que se pudre es vida; las hojas muertas este año devolverán á la tierra jugos para una nueva creación y una nueva explosión de risas; pero ¿y los labios que se rieron y no han de reírse más? Cuando se quiebran las postreras luces de la tarde, huyen del Retiro los pocos madrileños que hoy recorren sus sendas. Allí van un anciano y una niña. La niña dice atemorizada por la reciente obscuridad: ¡Más de prisa, abuelo, más de prisa! El anciano responde: ¡Pero si no puedo, hija mía! Una ráfaga de viento arranca varias ho. ias amarillentas; una de ellas cae sobre la cabeza de la niña; ésta da un grito, pero después dice riéndose: ¡Toma, si es una hoja seca! Y el anciano murmura tristemente: ¡Sí, una hoja seca! Y desde loa labios rientes de la niña á los temblorosos del anciano, ha pasado, con aquella hoja seca, toda una vida. Josíi DE ROURE