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y r los episodios de su existencia recuerdo uno revelador de tal idiosincrasia. Estudiando en un colegio militar de Londres, no conseguían s u s profesores vencer sus prontos, amoldarle al mutismo británico, y á fin de lograrlo diéronle en la clase de equitación un potro bravio. Pues lo domó sin dejar de conversar con sus condiscípulos. Su reinado es recientísimo. Todos reeofdamos las grandes dotes demostradas por D. Alfonso X I I en el poco tiempo que permaneció en el trono. De adolescente probó su valor al frente del ejército en la campaña del Norte; ya un joven reveló su prudencia, aquella serena prudencia tan necesaria para regir los pueblos, con su actitud ante las turbas de París; á la vez puso de relieve su civismo desafiando la muerte con su visita á los coléricos de Aranjuez. En un período de reconstitución pública como el de entonces supo bacer lo que la Providencia le exigía al coronarle: reconstituir. Este fué el rey. El hombre fué un español decidido, aficionadísimo al teatro de nuestro siglo de oro: se sabía á Calderón y á Lope de memoria, y no menos apasionado de los toros. Poseía fácil palabra y sencilla elocuencia, gustando de actuar de orador. Imaginación ardiente, luminosa, viva, era dado á las frases, teniéndolas felicísimas. En cierta ocasión decía con su gracia habitual: Si los azares de la suerte me volvieran á la condición de un simple particular, por lo menos para edil, para hablar en el Ayuntamiento yo creo que serviría, y desde luego sentaba plaza de concejal. La desgracia que perseguía á nuestro pobre país no quiso que aquella mano salvadora rigiera sus destinos por mucho tiempo, pero el nombre de D. Alfonso X I I resplandecerá con luz propia en nuestra historia contemporánea. Pudo haber sido, de vivir, el pedestal de la regeneración española. mflnmmiNij ¡ninniroinHiMMiniHinwmp a