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Un mes después supe en Valencia lo que ocurrió apenas abandoné el pueblo. En la misma noche, la siñá Pascuala juzgó quo era bastante heroísmo callarse durante algunas horas, y se lo dijo todo á su marido, el cual lo repitió al día siguiente en la taberna. Estupefacción general. ¡Vivir toda la vida en el pueblo, entrar todos los domingos en la iglesia y no sabor que bajo sus pies estaba el hombre de la gran barba, de la toalla en la cabeza, el marido de Sarah, el padre de Maoael, el gran Alí- Bellús, que indudablemente habría sido el fundador del pueblo! ¡Y todo esto lo había visto un forastero, sin más trabajo quo llegar, y ellos no! ¡Cristo! Al domingo siguiente, apenas el cura abandonó el pueblo para comer con u n párroco vecino, una gran parte del vecindario corrió á la iglesia. El marido de la siñá Pascuala anduvo á palos con el sacristán para quitarle las llaves, y todos, hasta el alcalde y el secretario, entraron con picos, palancas y cuerdas. ¡Lo que sudaron! En dos siglos lo menos no había sido levantada aquella losa, y los mozos más robustos, con los bíceps al aire y el cuello hinchado por los esfuerzos, pugnaban inútilmente por removerla. ¡Forsa, forsa! -gritaba la Pascuala capitaneando aquella tropa de brutos. ¡Abaix está el moro. Y animados por ella redoblaban todos sus esfuerzos, hasta que después de una hora de bufidos, juramentos y sudor á chorros, arrancaron, no sólo la losa, sino el marco de piedra, saltando tras él una gran paite de los ladrillos del piso. Parecía que la iglesia se venía abajo. Pero buenos estaban ellos para fijarse en el destrozo. Todas las miradas eran para la lóbrega sima que acababa de abrirse ante sus pies. Los más valientes rascábanse la cabeza con visible indecisión: pero uno más audaz se hizo atar una cuerda á la cintura, y se deslizó murmurando un Credo. Ko se cansó mucho en el viaje. Su cabeza estaba aún á la vista de todos cuando sus pies tocaban ya el fondo. ¿Qué veus? -preguntaban los de arriba con ansiedad. Y él se agitaba en aquella lobreguez, sin tropezar con otra cosa que montones de paja arrojada allí hacía muchos años después de un desestero, y que í V. 1- énT marco gesticulante en torno de la lóbrega abertura. Pero el explorador sólo encontraba coscorrones, pues al avanzar, su cabeza chocaba contra las paredes. Baj aron otros mozos, acusando de torpeza al primero, pero al fin tuvieron que convencerse de que aquel pozo no tenia salida alguna. Se retiraron mohínos entre la rechifla de los chiouelos, ofendidos porque les habían dejado fuera de la iglesia, y el griterío de las mujeres, que aprovechaban la ocasión para vengarse de la orgullosa Pascuala. ¿Cóm está Alí- Bellús? -preguntaban. ¿Y su hijo Macael? Para colmo de sus desdichas, al ver el cura roto el piso de su iglesia y enterarse de lo ocurrido, púsose furioso; quiso excomulgar al pueblo por sacrilego, cerrar el templo, y únicamente se calmó cuando los aterrados descubridores de Alí- Bellús prometieron construir á sus expensas un pavimento mejor. ¿Y no ha vuelto usted á allá? -preguntaron al escultor algunos de sus oyentes. -Me guardaré mucho. Más de una vez he encontrado en Valencia á alguno de los chasqueados; pero ¡debilidad humana! al hablar conmigo se reían del suceso, lo encontraban muy gracioso, y aseguraban que ellos eran de los que, presintiendo la jugarreta, se quedaron á la puerta de la iglesia. Siempre han. terminado la conversación invitándome á ir aÜá para pasar u n día divertido; cuestión de comerse una paella ¡Que vaya el demonio! Conozco á mi gente. Me invitan con una sonrisa angélica! pero instintivamente guiñan el ojo izquierdo como si ya estuvieran echándose la escopeta á la cara. BLASCO IBÁÑEZ DiBüjna nss M É N D E Z B R I S G A