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LA GUERRA DEL TRANSVAAL El fragor de la luolia, las alternativas de la contienda que en el Sur de África so tienen los soldados de la reina Victoria y los sábditos de míster Krügar, han hecho olvidar por un momento el origen da esta guerra odiosa, que tan mal parado deja en sus coiienzos el tan cacareado poder de los ingleses. No obstante, ¿medida que los aconteaimientos se desenvuelven y el triste resaltado de los combates va aplacando rencores y debilitando entusiasmos, v n é l v e n s e los ojos haoia los causantes de tantas desdichas, y las tres figuras de los responsables del sangriento coníiiot) resurgen en la mente de todos. Sa G- raciosa Majestad LA REINA la reina Victoria, que secundando los inicuos planes de Mr. Chamberlain dijo en su discurso del Parlamento que era preciso que Inglaterra interviniera para lograr la desaparición de los agravios é incapacidades legales á que se veían sometidos SUS subditos en el Transvaal; el jingoísta y maquiavélico ministro, que en su desordenado afán de grandezas no ha i- udado en atrepellar el derecho y la razón, lanzanio á su patria á una peligrosa aventura cuyo desenlace puedo ser fanesto para la propia nación que lo ha provocado, y el faníoso director de la Sociedad que explota las minas de diamantes, Cecil E, ho 3 es, rey de hecho, si no de derecho, de la comarca en que dominaron los matabeles y mashouas, s u b d i t o s de Lobengula, á cuyos planes ambiciosos convenía taínbién la guerra, son los seres felices que hoy hacen fijar en sí y en sus actos la a t e n c i ó n del mundo, privilegio que si VICTORIA en verdad sólo corresponde á, los espíritus superiores, puede ser en ocasiones como la que actualmente lo determina, de fatalísimos resultados. Por fortuna, el destino no se ha declarado esta vez partidario de la iniquidad, y con las derrotas CHAMBgRLAin Ve The Sketch CBCIL RHOOES De The Sketch