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rm oaraotorístioa de la ilustre dama, un espíritu artístico de tan exquisita percepción, que pocos le igualarán en la manera de sentir. La especialidad de la infanta Isabel es la música. Conoce á fondo los clásicos, que toca en el piano, y sabida es su afloión á la ópera, á los conciertos, á los cuartetos. En las comidas oficiales de Palacio, ella suele formar los programas que ha de ejecutar la charanga de Alabarderos, y ya se ha dado alguna ocasión en que al hacer el relevo los guardias se retiren sin banda. Podría haberse visto ésta entonces en círculo, ensayando una pieza á gusto de un extraño é inusitado director: la propia infanta I abe punto menos que llevando el compás en medio del corro. Otro aspecto ofrece tal amor de la noble señora á cuanto á arte se refiere: la protección que presta á los artistas. Es incalculable el número de cuadros que compra, y no son pocos los pensionados instrumentistas que sostiene ó que la deben su carrera. Sus habitaciones de Palacio son un museo contemporáneo. Hable antes de la virilidad de su carácter. Mientras permaneció el malogrado D. Alfonso en el Norte, montó y dominó sus oaballoo más fogosos, potros en su mayoría. En cierta ocasión, ignorando que había una pared tras unas matas, hizo saltar á su corcel en la Casa de Campo, y se dio u n golpe en u n a pierna, que la desarzonó. Sin exhalar una queja, volvió á la silla y tornó al galope á Palacio. Cuando se bajó, tuvieron que subirla la escalera en un sillón. Estuvo andando apoyada en u n bastón cerca de dos meses. Tira á la escopeta á maravilla, y guiando sus turbulentas seis jaquitas al galope por la carretera, se traslada siempre de Villalba á la G- ranja, cuyas soledades adora. De haber sido hombre, habría hecho un gran general por su golpe de vista. IJna vez dijo en la mesa al jefe de parada que al centinela de la puerta le faltaba el número en él ouello. Lo había atisbado al apearse. En J u l i o instálase, como es sabido, en La Granja. Y una vez allí, diríase que su ocupación favorita es estudiar con su fiel é inseparable dama de toda la vida, Lola Nájera, comp se la llama en Palacio, ó séase la ilustre condesa del mismo nombre, y D. Alonso Coello, su secretario y distinguido artista, el modo de que todo el mundo se divierta en el E e a l Sitio. Ella subvenciona el teatro, ella organiza las ohocolatadas en la sierra, á las que asisten cuantos e n San Ildefonso veranean. Y al marcharse otra vez á Madrid, no queda pobre sjn socorrer. Pasa, en una palabra, por el pintoresco rincón del Guadarrama como un r a u d a l de alegría. La gente segoviana la llama, por su gran corazón, doña Isabel de Segovia. El pueblo de Madrid, que no la quiere menos, y que así se lo demuestra otian o visita los barrios bajos, la denomina familiar y antonomásicamente la Infanta. ALFONSO P É E E Z KIEVA ¿Jlli MI