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DoBdo aquellos tiempos, punto menos que prehistóricos para la generación presente, ealvo algún aristócrata veterano del Casino, en que se oía por primera vez en Madrid ópera italiana dirigida por el catalán Mnnné, k diez reales la luneta y bajo la dictadura de Kossini, hasta los actuales, en que ejerce de general en jefe lírico ol entusiasta Luis París, cuesta catorce pesetas la butaca y priva como autócrata Wagner, sabe Dios la inacabable lista de cantantes que se han sometido al fallo de nuestro temible paraíso del Real. Y, sin embargo, sólo dos han quedado en la memoria del público, alcanzando los honores de la posteridad y casi casi rayando sus figuras en la leyenda; de tal suerte, los que superviven y los oyeron abren la boca con asombro al nombrarlos. Mario y Tamberlik: he ahí sus nombres. Mario fué en su tiempo no un tenor, sino el tenor, el cantante símbolo. Los que lo conocieron, y tal opinión parece confirmarse ante su retrato, aseguran que tenía una cara de Cristo, más propiamente, de Jesús predicador de la buena nueva. La barba, la dulzura del rostro, sus líneas quizás algo hebreas, le recordaban. Hombre gallardo, elegante, de fino continente, dícese que no dejó de obtener menos éxitos con su figara esbelta que con su voz de ángel, ni de conquistar monos aplacsos que corazones femeninos, y asegúrase que no una sola ni dos miradas apasionadas, sino bastantes cayeron, en las temporadas que trabajó en Madrid, desde las plateas á la escena. M Barbero era acaso la obra favorita de Mario, y en el papel de Alma viva en el que consiguió sus mayores triunfos. Desde entonces no se hace en nuestro teatro tal ópera sin que falte algún viejo exclamando: ¡Oh! ¡Como Mario en la serenata ¡Nadie ha llegado á él! Tamberlik fué más moderno; fué como el continuador en cierto modo de Mario para nuestro público. El hombre no era, sin embargo, el mismo; no era ya el tenor mimado de las damas, su tenor ídolo; carecía de su dulzura israelita de rostro, de su cabellera larga, de su languidez. En cambio le adoraron las masas, la muchedumbre del paraíso, como si dijéramos, el pueblo; y eso no ya por su voz admirable, por su escuela de canto soberbia, por lo que sentía, sino por sus ideas, más que liberales, revolucionarias. Dícese que contribuyó á lo de Septiembre de 1868 con su esfuerzo personal y con su dinero. Ello es, y Madrid lo recuerda por lo reciente, que la noche en que se supo aquí la restauración de D. Alfonso, interpretó Tamberlik su parte de Masianello en la Mutta di Portici con un subrayamiento que no pasó inadvertido para nadie. A Tamberlik le ha oído cantar nuestra generación, es más del hoy del teatro Eeal. Lo que, sin embargo de su vasto repertorio, le ha hecho memorable entre nosotros, es su famoso do de pecho de M Trovador, valentísima nota que acaso ningún otro tenor ha atacado como él, y que aún atacaba á los sesenta años cumplidos. ALFONSO PÉREZ NIEVA