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NOVIEMBRE Con las coronas fúnebres y las castañas asadas so inaugura ol invierno madrileño, ol más animado de Europa. Porque en Europa, ó sea en Londres, Par. s, Barlín, Viona, San Petersburgo, la season (en español estación) dé invierno no empieza hasta Marzo. El mundo elegante pasa el otoño y parte do la estación invernal en el campo. Aquí comenzamos á divertirnos ahora y no acabamos hasta ol mes de Mayo, en que hay que empezar á pensar ea las diversiones del verano. ¡Madrid se divierte siempre! Oiréis decir que no hay dinero, que los negocios van mal, que el comercio está perdido y que esto no puede seguir así. Y sin embargo, sigue. Sé hace el abono del teatro Keal, va la gente á los lunes y viernes de moda de la Comedia, no falta nunca público en la última de Apolo, las corridas de novillos atraen tanta gente como las de toros, los cafés están siempre llenos y la Puerta del Sol y la plaza de la Armería son el casino de los cesantes que no han comido en tres días, pero que se pasan seis horas en pie con resistencia increíble, para tomar el sol. ¡Tomar el sol! Icnprescindihle ocupación del madrileño en invierno. ¿Trabajar? Eso es casi ridículo en España. En las familias de la clase media no trabaja más que el hombre. Seis mil reales do sueldo en una oficina particular ó del Estado, una mujer y tres hijas casaderas. Estas tres hijas pudieran ocuparse en algo, como sucede en todos los países de la tierra donde la renta ó el sueldo de uu hombre son modestos y las necesidades muchas. En Madrid, mientras papá trabaja para ganar los tristes veinticinco duros mal contados, la mamá y las niñas pasean por la Castellana ó se sientan en Recoletos. Si esto no puede ser por causa del mal tiempo ó de malas ropas, las niñas se pasan la tardo al balcpn contemplando de lejos aloso que las mira des le la esquina. El cesante, que ha elegido esta profesión esencialmente española para no trabajar hasta que venga un Grobierno que. lo coloque, preferirá pasearse con aire muy altivo y fiero y con los zapatos rotos, antes que buscar oficio en el que gane el pan de cada día. ¡Oficio! ¡Trabajo manual un hombre que ha sido oficial de la clase de cuartos! ¡Nunca! ¿De qué vive toda esa gente que llena los cafés de dos ocho de la noche y se pasa la tarde hablando? Se ignora. Pero los parroquianos de todo establecimiento público, con una taza de café con leche