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n Al otro día, poco después de amanecer, todos los vecinos del pueblo se reunían agitados, presa de indecible terror, ante la casa donde vivía Rosa con sus padres. A la puerta una pareja de guardias civiles impedían la entrada de la gente, que se agolpaba en compacto grupo. La noche anterior se había cometido allí un horrible orim en: el hombre con quien Rosa debía casarse, había sido asesinado en su propio lecho de un navajazo que le había partido el corazón. El arma homicida, cubierta de sangre, fué encontrada sobre el cadáver: era la misma na vajilla con que J u a n había grabado la cifra amorosa. Reconocida el arma por varias personas, prendióse inmediatamente á Juan, tan sorprendido como todos del crimen. Afirmó su inocencia con la tranquilidad de quien nada tiene que temer; pero en las primeras investigaciones ss acumularon contra él tales pruebas que, aun convencido de su inculpabilidad, vióse precisado el juez á enviarle á la cárcel del partido. Y allí pasó tiempo y tiempo y crecieron las pruebas en contra suya, y el tribunal calificó el crimen de asesinato con todas las circunstancias agravantes. Lo que resultaba del proceso era que Juan, luego que supo la decisión de los padres de Rosa de unirla con aquel hombre, resolvió matarlo y entró por la ventana, cuyos vidrios rompió para abrirla, y por ella salió después para ir á su casa. La prueba de que el crimen no se había cometido por robar era que, junto á la víctima, debajo de la almohada, había una bolsa de cuero intacta y repleta de oro. Sólo una venganza, acaso inspirada por los celos, podía haber sido el móvil de r. -inol f r r o z a s e s i n a t o I a lalirAilur, al dirigirse al I po p. ira fus faenas, había ii á 1 uan entrar en su casa; y ndii pppotid. as veces el juez, uriindi) 11.i r le ocasión de pror J; i coarliidii. le preguntó por no r- ii luibía retirado, como of- tutaliri mucho antes, cont e s t ó siempre la verdad: que venía del bosque donde le 10 dejó Rosa; que allí, vagando, sin darse cuenta de lo que le sucedía, había pasado toda la noche llorando su tristísima desventura. y que se acostó cuando ya amanecía. Siguió la I causa sus trám i t e s legales, y al último llegó bien pronto, porque los hechos, inflexibles acusadores de Juan, no dejaban lugar á duda. En una y otra instancia el infeliz fué condenado á muerte. Todo el pueblo, que no podía convencerse de la culpabilidad del reo, pidió con ansia el indulto de éste, y lo demandaron también las autoridades de la provincia y cuantos creyeron ejercer alguna influencia en los poderes públicos; pero todo fué inútil: en aquella región venían repitiéndose crímenes espantosos, y era necesario el escarmiento. P a r a que éste fuera eficaz, la ejecución debía verificarse en el mismo lugar donde se había cometido el crimen; y allí, á la Casa Ayuntamiento convertida en prisión, fué trasladado J u a n y puesto en capilla. Desfilaron por ésta todos los habitantes del pueblo, aterrados al presenciar por vez primera aquellos fúnebres preparativos, y tuvo J u a n el triste consuelo de yer llorar á todos; y entre aquellas paredes enlutadas, á la luz de amarillos blandones, ante el Crucifijo del altar, juró á Rosa que era inocente, y la desdichada, que así lo creía, le hizo la solemne promesa de no ser de nadie, ya que no había podido ser de Juan. Allí se despidieron llorando, como antes en el bosque, y sin embargo, cuando creían separarse para siempre, fué menos amarga la despedida. Algo inexplicable endulzaba aquel dolor intenso; Nadie confiaba ya en el indulto; pero por un noble sentimiento de piedad procurábase alimentar en el reo la esperanza de conseguirlo. Y él contestaba siempre: -No, que no venga: prefiero la muerte al perdón de ese crimen que no he cometido. III Para levantar el patíbulo necesitaron carpinteros de un pueblo lejano, porque los de aquél se negaron á hacerlo. Y llevaron muchos tablones en una carreta; pero faltaba d palo.