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Obra de romanos había sido oon tal manía, creadora de Tin carácter imposible, convencerle de qne se aviniera á. habitar bajo el mismo techo que el otro abuelo. Su primer impulso fué una negativa rotunda. Vivir juntos? ¿vivir con aquel faccioso, que él hubiera fusilado de haberlo hecho prisionero cuando peleaban en bandos opuestos? El llanto desolado de su nieta pudo más que ocho días de sermoneo. Después de todo, abdicada su voluntad al consentir en la boda de la niña, no era sino completar la concesión el acceder á sus deseos. Quedaba el futuro insondable, el ¿errado enigma, el saber cómo se llevarían. Y pensando en ello con terror la dulce recién casada, de pechos á una ventana, vio asomar al extremo de la avenida el lando que con; dueia á los viajeros, y á la vez oyó á sas espaldas una voz gangosa, en la que se adivinaban contenidas cóleras, exclamando: ¡Y a e s t á a h í ese carcunda! II f La entrevista fué penosa, violenta, fría, correcta, como hombres de buena crianza que eran ambos, pero dejando adivinar que ninguno de los dos estaba dispuesto á salvar el abismo que les separaba. El abuelo de allá, que también se había opuesto al enlace, y también como el de acá había transigido á la fuerza, excusándose con sus muchos años para no emprender el viaje á la corte y asistir á la boda, no conocía á su enemigo y pariente. Midiéronse de alto á abajo con una mirada rápida é incisiva llena de desprecio, y á instancia de sus nietos simularon un abrazo, sin desarrugar la frente ni plegar sus labios la sonrisa. Cada cual encontró al otro más viejo, más caído, más apergaminado, más insoportable. Reinaba la primavera, hacia un tiempo placidísimo, y la joven, buscando ayuda con su instinto de mujer para la aproximación de los dos viejos, había dispuesto que se desayunaran en el cenador del jardín. La red de rosas trepadoras que lo cubrían, el aire libre lleno de aromas, la serenidad de la mañana, quizás influyeran en e ánimo de ambos, predisponiéndolos á la blandura. La mesa de bambú se ofrecía apetitosísima. Pieatostes, buñuelos, azucarillos, bizcochos de espuma; el chocolate á lo fraile, en grandes tazones; la leche en una vasija de loza, el agua en un jarro de cristal acechado por un rayo de sol que se convidaba. Al nonagen- ario de la provincia placíale el soconusco muy espeso: liga tenía en su cuenco. Al madrileño le agradaba muy claro: apenas si el suyo teñía las paredes de su escudilla. Hallábase asi evitado todo motivo de disgusto. Pero nada. Ceremonioso serios, cruzando medias palabras. Concluyeron pronto. Era insostenible aquella tirantez. El abuelo de ella acostumbraba á leer su perió- dico en seguida de tomar su refrigerio. Se lo trajeron. El de él se daba siempre igualmente su atraooncito de política en el diario de su partido; detalle previsto por la nieta. Allí estaba el papel. El matrimonio se ahogaba, necesitaba hablarse á solas, comunicarse sus impresiones mutuas. Con pretexto el uno de coger tabaco del que gustaba al provinciano, y la otra de ver si faltaba algo al cuarto, escurriéronse bonitamente. Opinaban lo mismo. ¿Cómo iban á vivir aquellos dos hombres bajo un techo común? ¿Y cómo decidirse por uno de los abuelos sin abandonar al otro? ¿Qué hacer? ¡Qaé conflicto, Dios santo! Y mudos, desolados, sin atreverse á mirarse por no aumentar la propia congoja, permanecieron sentados fren te á frente en las dos butaquitas j, del cuarto tocador. Dñ improviso oyeron la voz gan gosa del abuelo de ella, que gritaba: ¿Pero dónde os habéis m. etido, criaturas? y en seguida el acento más bronco del abuelo de él, que añadía: ¡Eso se llama tomar el olivo, chiquitos! Ambas entonaciones revelaban la jovialidad, la satisfacción, un contento inefable. Los esposos se quedaron atónitos. ¿Qué significaba aquéllo? Su pregunta, no formulada sino por una mirada reciproca, tuvo respuesta pronta. Abrióse la puerta y aparecieron los dos nonagenarios cogidos cariñosamente del brazo, uno y otro con una cara de pascua resplandeciente de alegría. Y antes de que los nietos desplegaran los labios, el viejo de acá, que parecía guiar á su colega, exclamó á borbotones, sonriente: ¡Vamos, si es providencial! Qae le sucede lo mismo que á mí á Facundo: que se moría de verse solo, sin nadie de su época, viviendo en un desierto, no hallando quien le comprendiera. ¡Lo que hemos despotricado en cinco minutos en cuanto nos enteramos de nuestra común enferm edad! ¡El ha conocido á todos los que yo! ¡No hablaba de lo que hoy he hablado hace veinte años! ¡Ni éste tampoco! ¿Te acuerdas de esto? Sí. ¿Y t ú de esto? ¡Ya lo creo! El me ha insultfido á Espartero, y yo he puesto de vuelta y media á Zumalaoárregui. ¡Consentido, consentido! Ya no somos enemigos, somos dos ¡del mismo tiempo! Calló el anciano; se le hacia la boca agua en su furia de entusiasmo. ¡Sí, sí! ¡del mismo tiempo! agregó su colega dándole palmaditas en la espalda después de desasirse, é igualmente radiantes. Y cuanto á los esposos, creyéronse hasta con alas del peso que se les quitaba de encima, y abrazaron locos de júbilo á los dos ancianos, presintiendo, á pesar de su juventud, lo que debía de ser el vacío en la vida. ALFONSO PÉREZ NIEVA BiBCJOS OB B S T B V A D