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Tí MI 8 K TI ií, Pñ Iba á llegar el temido momento. Dentro de una hora estaría allí su marido, ¡su marido! ¡Parecíala mentira que este marido fuera el suyo, que se hubiera realizado ya su soñada dicha! ¡Dentro de una hora haUaríase de vuelta su esposo, le recibiría en la escalinata del dintel, le echaría los brazos a! cuello! Casi se alegraba ahora de la ausencia, ante la felicidad del regreso. Pero J u a n se traía con él á su abuelo definitivamente. La suerte lo quería asi. Él nonagenario se había quedado solo en lá provincia- muerta de pronto la. vieja ama de llaves que le cuidaba, y no tenía otro remedio que cerrar él vetusto casón dé la familia desaparecida y venirse á vivir con su nieto, el único superviviente, á su nuevo hogar. Y hg aquí el problema. Porque ni el anciano de allá, tradioionalista hasta el fanatismo, antiguo coronel do la primera guerra carlista no convencido, ignoraba las ideas furibundas y liberales del abuelo de su nuera, exjefe de chapelgorris é intransigente con cuanto oliera á boina, ni el Matusalén de acá, todavía idólatra de Espartero, símbolo de sus creencias, dejaba de saber el entusiasmo del dos veces padre de su yerno, ayudante en sus tiempos de Znmalacárregui. ¡Y con el humor que había echado su abuelo! Nadie le daba gusto, 1 á nadie po día resistir; ella misma, su ojo derecho, iba perdiendo la dulce influencia ejercida siempre sobre él, í? y recibía del casi centenario cada so íf fión que la dejaba temblando. Y peor era que no se encolerizase, porque entonces le acometía una tristeza mortal y se pasaba los días hundido en u n obstinado silencio. Muchos meses hacía que no pisaba la población. Su único esparcimiento consistía en darse algúnpaseíto por el jardin del hotel ó por la frondosa arboleda que á la finca conducía. Nada, es inútil, no me prediquéis- -decíales ss V -á sus nietos cuando se dignaba salir de un no seco; -no voy á Madrid. ¿Para qué? No conozco á persona al guna, no queda ninguno de mis contemporáneos; han variado las costumbres, los trajes, las calles; son otras las caras. ¿Da qué he de hablar yo que se me comprenda? Ni los que nacieron después de mí piensan como yo, ni yo como ellos. Es una verdadera desgracia sobrevivir uno á su generación, no morirse cuando los demás.