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raudo en el muelle, y sn el mar los besugos. El bonito se despidió ya hasta el próximo estío de nuestro mar Cantábrico; pero ahora es el besugo, el pescado clásico de Navidad, el compañero marítimo del pavo, el q ue se va acercando poco á poco á las aguas verdosas de la costa, sin sospechar siquiera la existencia de esas rajas de limón con que lo estropean los cocineros madrileños. A los golpes del señero levántanse adormilados los pescadores, y bajan, según testimonio de sus mujeres, á medio vestir, camino del muelle. José Mari: ¡ponte siquiera la blusa! so oye gritar desde una ventana; y esa es toda la despedida hecha á aquellos atléticos hombrachones que van mal despieitos á luchar con el Océano. El ansia del mar, la atracción del BONITERAS EST EL PUERTO peligro, el amor á la lancha, ese amor tan grande para el marinero, que ha oído á su embarcación crujir y quejarse mientras le miraban á él los negros ojazos de la muerte Ya todos los pescadores tripulan sus respectivas lanchas; ya el patrón de cada una de ellas, de pie en la popa, hunde en el agua el remo que ha de gobernarla, y dice concisamente: ¡Adelante, muchachos! Los remos que brazos hercúleos impulsan, hienden el agua acompasadamente, y la flotilla pescadora va saliendo del puerto, dejando en pos de sí u n a población soñolienta en cuyas desiertas calles, y punzando la marcha de la obscuridad, saltan vivamente las lucecillas eléctricas como si abrieran de pronto sus ojos las criaturitas dormidas. El mar al fin, el mar inmenso; las lanchas experimentan la sensación de la ola como las mujeres enamoradas el halago de una caricia, y los marineros que las tripulan ven la noche dormida sobre el mar: un misterio inmóvil sobre otro que se agita- y í Pero allí en el fondo de la obscuridad, y como una promesa, parpadea tímidamente la estrella de la mañana. Al divisarla, los doscientos ó trescientos tripulantes de la flotilla pescadora entonan á una, y como obedeciendo la señal de invisible batuta, el Groitzeco- itzarra (á la estrella del alba) EL SEÑERO DE O N D Á R R O A termosísimo canto eúskaro lleno de poesía, y popularen toda la costa vasca. El Ouernica- co- arbola del mar Cantábrico. Las robustas voces de los marineros, armoniosamente acompañadas por los ruidos del Océano, estremecen á la noche, que se repliega veloz hacia Poniente, y por los desgarrones de sombra que deja en su huida asoman curiosas las primeras luces del alba. Poco después, y con las postreras notas del hermoso canto, cada lancha tonía su rumbo; la flotilla se dispersa, se deshace en el vasto mar, y en toda embarcación comienzan las rudas faenas de la pesca. Al mediar el día ó á la caída de la tarde, según se presente la j o r n a d a pescadora, las lanchas se reúnen atiborradas de besugos, y la flotilla regresa al puerto. No siempre regresan todas las embarcaciones juntas ni por la voluntad de sus tripulantes; alguna vez el vendaval les obliga á toPATRÓN DE LANCHA mar el puerto, y alguna vez también una ó varias lanchas no pueden ganarlo, y la muerte hila sus copos T entonces, la misraa voz femenina que gritaba desde una ventana ¡José Mari, ponte l a blusa! exclama entre sollozos: ¡Ya no le veré más! Y á pesar de eso, el besugo es un pescado muy sabroso, pero sin rajas de limón, ¿eh, señores cocineros? Dibujos de Blanco Coris y Avendano y fotografías de Andónaegui y Vivaneo