Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
mientras esté abierto el establecimiento, es decir, desde las ocho de la mañana basta las nueve de la noche, tenéis que echarle una mirada los dos cada media hora. Asi me he hecho yo rico. ¿Qué le importaba á aquel matrimonio tan sencilla condición? Los dos ofrecieron cumplirla, y para mayor comodidad el talismán fué colocado junto al mostrador, en un sitio donde pudiera ser mirado á cada instante por ambos. Durante el primer mes, los negocios no dejaron gran rendimiento; pero la fe animaba á Ernesto y á su esposa; el ejemplo de la riqueza de J u a n les daba constancia y seguridad respecto del porvenir. El segundo mes empezaron á acrecentarse las ganancias, y al medio año el crédito del establecimiento era tal y las ventas tan numerosas, que fué preciso aumentar el número de dependientes. Comenzó entonces el pago de los adelantos hechos por Juan, y transcurrido un año, éste se había reembolsado su dinero, y Ernesto comenzaba á formar u n capital. La mujer de Ernesto ya no miraba la piedra solamente, la besaba, la tenia como una reliquia veneranda, y por ninguna cantidad la hubiera cedido. AI cabo de cuatro años los dos esposos tenían su porvenir asegurado, y J u a n una maiiana se presentó en busca de su piedrecita, puesto que ya les había favorecido bastante. La noticia produjo verdadero terror en el matrimonio; pero no había medio de negarse; la piedra era suya, tenía derecho á ella, y la gratitud les impedía hasta pedir una prórroga en la posesión de tan maravilloso objeto. Casi con lágrimas en los ojos la mujer de Ernesto entregó la piedra y la caja á Juan, que siempre sonriendo cogió ambos objetos, salió á la puerta de la tienda y los arrojó en la boca de una alcantarilla que allí mismo i, f había. S e ha vuelto loco! exclamó Ernesto. 1- -Esto es una infamia, gritó la mujer acercándose t furiosa á J u a n Éste aguantó las expansione de la furia con su tranquilidad eterna, llamó á los e s p o s o s á lá trastienda, y con pausadas palabras y un ceño de gravedad poco 00, mún en él, les dijo: -Esa piedra 3 no es talismán t: ni es nada. La cogí de la calle y osla traje en- la cajita el día que os di el dii- ñero para abrir la tienda por segunda vez. ¡Mentira! gritaron Ernesto y su esposa á un tíe iipo. T- -Verdad, replicó J u a n Ya no debo mi fortuna más que i mi trabajo, y á vosotros os sucede ahora lo mismo. Os arruinasteis porque tú te pasabas el día en el café ó en el colmado pretextando que tratándote con mucha gente se hacía parroquia. Esa se entregaba al visiteo y á las diversiones, y tal vida la obligaba á gastar en trajes lo que no podía, al tiempo que descuidaba también la vigilancia de la casa. Los compradores eran mal tratados y no volvían, y el dependiente podía robar á su gusto. La necesidad de mirar la piedrecita cada media hora que yo os impuse, os ha hecho estar eonstantsmente al pie del cañón, y con el mismo negocio y los mismos elementos que una vez fuisteis á la ruina, otra vez habéis llegado á la fortuna, porque habéis trabajado. T recobrando su jovialidad isalió J u a n de la tienda, dejando á su hermano y á su cuñada convencidos con lo único que convence á los hombres: con los hechos. Ernesto no tuvo más que una frase que contestar, y que luego repitió muchas veces en su vida: ¡La suerte era el trabajo, y yo no lo sabía! EMIMO SÁNCHEZ PASTOS DIBUJOS DK MÉNDEZ BRINGA