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jua lorcuna esta ae tu parte. Contra la mala suerte no hay defensa. J u a n tomó asiento sin contestar palabra en aq uel instante, y después que hubo recobrado la normalidad de la respiración perdida en la ascensión de los ochenta escalones que era necesario subir para llegar á la boardilla, dijo: -Ya sé que cuando ha empezado vuestra ruina no habéis hablado más que de mi suerte y de vuestra desgracia, y esa idea está tan fija en vosotros, que me la habéis espetado en cuanto me habéis visto, á guisa de saludo- -Y es natural, interrumpió la mujer de Ernesto, más molesta que nunca por la tranquila y satisfecha actitud de Juan. -Sí, es natural, dije éste; y mi suerte os va á valer de algo, porque yo me encargo de pagar á todos los acreedores; de modo que ya no hay quiebra. Los rostros de los dos esposos se desarrugaron con estas frases, y antes de que pudieran expresar su gratitud, añadió Juan: -Con mi garantía se pueden pedir géneros en seguida, y podéis continuar el negocio como si nada hubiese ocurrido. Ernesto abrazóá J u a n con toda la efusión de su alma, y por un momento las lágrimas de dolor de su esposa se trocaron en lá. grimas de regocijo. -Y no hay más que hablar, añadió J u a n cuando las expansiones de la gratitud le dejaron hacer uso de la palabra. -Si hay, exclamó la mujer de Ernesto. Este sacrificio tuyo es digno de nuestro eterno cariño; poro tengo el presentimiento de que va á ser inútil, porque la suerte no nos acompaña. ¡Si tuviéramos la t u y a! -Va- ya, pues la vais á tener, dijo J u a n después de hacer que pensaba un poco. ¿Sabéis á qué debo yo toda mi fortuna? Pues os lo voy á decir. ¡Qué momento aquel para el matrimonio arruinado! Iban á descubrir el gran secreto. La fabricación del oro, ó poco menos. -Mi suerte, continuó Juan, se debe á una piedra sonrosada que un día me vendió una gitana por cinco duros. Entrar la piedra en casa y comenzar á llover sobre mí la fortuna, sus mejores dones, todo ha sido uno. Como yo no la necesito ya, os la voy á regalar. Esta oferta era el colmo de la generosidad para el matrimonio, y Juan, para sustraerse á las más exageradas manifestaciones de gratitud, tuvo que salir huyendo de la casa. Al día siguiente, Ernesto volvió á la tienda é hizo sus pedidos lleno de confianza en el porvenir. J u a n no faltó á su palabra. Por la mañana bien temprano llegó con el talismán, que era u n vulgar guijarro metido en una pequeña caja de cristal. -Hay una condición, dijo á su hermano y á su cuñada, para que esto produzca beneficios, y es la siguiente: