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EL TALISMÁN DE LA SUERTE ¡Si yo tuviera la suerte de mi hermano! -deoía Ernesto Rivelles el día en qtte abandonaba completamente arruinado la tienda de tejidos que poseía en una de las calles más céntricas de Sevilla. -Es que hemos nacido desgraciados de verdad- -le contestaba su esposa; -jamás haremos fortuna. Y con las lágrimas en los ojos abandonaron el local para ir á habitar una triste boardilla, donde les aguardaban todos los horrores de la miseria. Aquel día fué tristísimo para ambos esposos. Al dolor que les causaba su negro porvenir, se agregó el de las mutuas recriminaciones. -La verdad es que hemos tenido poco orden, -exclamaba Ernesto. -Pero ¿qué orden quieres donde no hay dinero? -contestaba la esposa. ¡Si tú hubieras sido más económica... -decía él. ¡Si tú hubieras ganado más! -replicaba ella. Y ambos acabaron por convenir en que la suerte tenía la culpa de todo. Entonces volvió el recuerdo del hermano de Ernesto. En el mismo día que ellos abrió su tienda Juan, que así se llamaba, estando situada en peor calle, y de tal manera habían acudido los compradores y tan grande fué la prosperidad de los negocios, que el establecimiento, al principio modesto, se convirtió en uno de los más lujosos de la capital. J u a n llegó á comprar la casa donde tenía alquilada la tienda, y pudo introducir en su local las reformas que exigía la amplitud que por semanas adquiría su tráfico; En aquellos momentos de desolación para el infeUz matrimonio, el recuerdo de la prosperidad de J u a n les hería vivamente. -No es más listo que tú, decía la mujer de Ernesto, ni su tienda era mejor que la nuestra cuando empezamos el negocio; es la suerte, la suerte que acompaña á tu hermano en todo. En aquel instante llamaron á la puerta. -Empiezan los acreedores á martirizarnos, dijo Ernesto; y abrió con el propósito de reñir la primera batalla con el infortunio. Pero no era ningún acreedor. Era J u a n con su aire jovial de siempre. Antes de que pudiera hablar, su cuñada exclamó, con los ojos hañados en lágrimas: