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RAFAEL GUBaaA Y SU FAMILIA EL COMEDOR DB LA CASA DE GDERRITA añciouado, vería en distintas plazas veinte ó veintieinoo corridas de toros, principalmente en las de Sevilla y Madrid, los dos públicos que más ha querido. Guerra, que empezó cobrando como matador de alternativa dos mil quinientas pesetas, se retira con una fortuna de diez millones de reales; vive con modestia y administra y lleva por sí solo todos los negocios de su casa. Por la noche concurre al Club- uerrita, fundado por entusiastas amigos suyos, y en el que no se habla de otra cosa sino de la fiesta nacional: especie de Bolsa donde se cotiza el papel de cada torero y se lleva la estadística de cuanto se relaciona con el toreo, principalmente con los cordobeses. La casa donde vive es sin disputa una de las mejores fincas de Córdoba. Tras ancho zaguán de pavimento de marmol, salvando artística cancela, se entra en un magnífico patio andaluz lleno de flores; desde él fondo se divisa u n precioso jardín cuidado y atendido por las solicitas manos de la esposa del diestro cordobés. En un extremo y ampliamente instaladas, están las cuadras, donde Guerra tiene sus coches y buenos ejemplares de caballos de silla y de tiro. Es muy frecuente encontrar al Guerra por las mañanas enjiratos con gitanos y chalanes, comprando ganado para labrar sus tierras, ó jacas para enjaezarlas gallardamente en la lanza de la jardinera que él guía, y la que le sirve para sus excursiones por el campo de Córdoba y para visitar su finca de Las Cuevas, á tres leguas de la ciudad. Contra los que dicen que el Guerra no es espléndido, hay que hacer constar las numerosas pensiones que pasa á individuos de su familia que no disfrutan buena posición. Lo que no es el Guerra es derrochador; sólo de esta manera se comprende que haya podido retirarse con una buena fortuna. 1 Tmi Guerra considera hoy á Fuentes el torero mejor que queda, y los toros de Saltillo son los que con más gusto ha toreado siempre. La conversación iba muy salpicada de chatitos dé MontiUa, y el Tiruliqui aquél no daba paz á la mano descorchando botellas, hasta que la hora del almuerzo nos separó. Por la tarde nos reunimos en el monte, y entre disparo y conejo muerto, toros y más toros, llegamos al atardecer, camino de Córdoba, á la venta de San Rafael. Lagartijo, que venía también del campo, con la agilidad de un muchacho se desmontó de la jaca, bajó sus cincuenta y siete años, y alternó en la reunión con el salero y la gracia natural que siempre ha distinguido al jefe de lá dinastía de los Molinas. Por la noche, un apretón de manos, unas tazas de café en la Perla, y al tren. Y me decía Alfredo García Noval, un excelente compañero que nos ha dispensado las mayores atenciones, derrochando humor, alegría y Jerez en la fiesta: -Habéis hecho un viaje de toreros: venir, torear y marcharse. Y para que la frase resultase más en carácter, Pranzen y yo nos asomamos á la ventanilla, brindamos por Córdoba y por los buenos amigos que han hecho más corta nuestra estancia con sus agasajos, y á la voz de ¡Zeñore viajero, al tren! sopló la máquina con la fuerza de Antonio González, y el tren arrancó. Castro Quesada, que hacia el viaje con nosotros, se dispuso á dormir, y yo, en la ventanilla, seguí aspirando mucho tiempo el suave calor, el perfume tibio de la hermosa campiña cordobesa, y mirando, con pena de dejarlas, las estrellitas del cielo andaluz. LUIS G A B A L D Ó N