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¿Pero cómo se iba á confesar él? Esto es lo que no le cabía en la cabeza. ¡Confesarse ol diablo! ¡El desquiciamiento universal! Y no había más remedio; la confesión empezó; el pobre fraile se tapaba los oídos, se tapaba los ojos, daba saltos de horrer, lloraba, gemía. Porque el diablo se confesaba concienzudamente. Pero el diablo es muy malicioso aun en sueños, y allá pensaba él confusamente: Si me absuelve el confesor, ya estoy absuelto, y al cielo otra vez. Gran chasco el de aquella espantosa pesadilla, porque no le absolvieron: lo que sí hicieron fué ahorcarlo. Al menos él soñó que ie ahorcaban. Y fué que con ia cola se echó un nudo al pescuezo y se colgó de un árbol, con lo cual empezó á dar aullidos que hasta en el infierno resonaron. Acudieron los suyos, le descolgaron, y m- edio muerto, porque el diablo no puede morir por entero, se lo llevaron á sus antros. No hay duda, pensaron las huestes infernales: Satanás está enfermo; quizá esté neurasténico. De modo que dieron principio las consultas. El régimen á que se le sometió y á que sigue sometido es bien sencillo: mucho descanso: de la gran obra de la condenación humana se encargaría el subsecretario del ramo; y en rigor tampoco hace falta, porque la máquina administrativa está tan bien montada, que marcha sola. En suma- que los hombres han adquirido tal costumbre, que ellos solitos se condenan. A las mujeres es preciso ayudarles, por la timidez propia del sexo; pero de esto se encargan los hombres y, aun en caso de apuro, las más listas de entre ellas y las de más experiencia. Conque mucho descanso: después de tantos siglos bien se ha ganado Satanás unas vacaciones. -í i Por las mañanas una buena ducha; pero una ducha al revés. Para los hombres la ducha es de arriba á ahajo; para Í Satanás de abajo á arriba; negras nubes como gigantescas hamacas le suspendían sobre el cráter de un volcán, y estallaba la erupción, y un inmenso surtidor de lava hirvientelo azotaba á lo largo del espinazo. Esta operación le entonaba mucho, aunque i á veces se le chamuscaban los pelos de la cola. Después descansaba tendido en una de las laderas del volcán, y la montaña le mecía cariñosamente con el vaivén de sus estremecimientos, y lo ronronaba con sus estampidos subterráneos; y de cuando en cuando doblaba su encendido penacho y le lamía con llamas de fuego la frente. Hay que confesar que los volcanes se portaron muy bien con su dueño y señor en aquella penosa enfermedad del príncipe de las tinieblas. i -i El resto del día paseaba lentamente por sitios agrestes y solitarios, o jugaba en los desiertos a los bolos con huesos calcinados de dromedario. -u i Al fin, por la noche tomaba unos cuantos sueños, como si dijéramos unas cuantas pildoras, de necios, completamente necios, pero sin adulteración ninguna por el estudio: ¡a necedad más pura y al natural. Eran los sueños que mejor le sentaban, porque son los que más se aproximan á la ado. Con este tratamiento y mucha tranquilidad y ningún pensamiento bueno, el diablo va tirando. De todas maneras, su dolencia es muy digna de estudio. Ya la estudiaremos en otra ocasión. DiBOJOa D MÉNDEZ BSINGA JOSÉ ECHEGAEAY De l a Keai Academia Española