Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
r. Después, no atreviéndose á ir al infier jr yno, se aenrrncó entre dos estantes de la próxima biblioteca para pasar la noche. Pero no le fué mejor con el sueño del sabio que con el sueño del niño: la j t sabiduría vetusta y la ignorancia infantil allá s van, según parece. ¡Qué sueño tan agitado! ¡Problemas van y problemas vienen! ¡Teorías por acá y teorías por allá! ¡Recuerdos de experiencias íraeasadas, que mortifican; proyectos de nuevas experiencias, que producen excitación penosa! Todo ello confuso, revuelto, desatinado, como lo es cualquier sueño, aun los de las personas más ordenadas y juiciosas. Parecíale á Satanás que tenía la cabeza llena de burbujas de jabón, hinchándose y rompiéndose sin tregua ni descanso. No, aquello no era dormir ni descansar. Decididamente, pensó el diablo, los hombres no descansan ni cuando duermen. Y luego el diablo será una mala persona, pero talento nadie se lo ha negado: el saber del diablo es proverbial. Y las ideas que el sueño del sabio había infundido en el cerebro del protervo estaban cuajadas de desatinos. ¡Qué nuevo tormento, soñar tantas y tamañas sandeces! Sólo gozó el diablo en toda aquella noche un momento de sueño verdadero, y fué al apoyar la cabeza contra un enorme libróte de no sé qué clásico de graa fan libróte fué beleño, pero su influencia duró Al fin despertó más cansado y aburrido nunca, y se fué al infierno dando trasp: tomar un baño de pez derretida que le re i case el cerebro. No, el sueño de los niños inocentes ó d sabios honradotes no le sentaba bien. ¿Qué tal le sentaría el sueño de un mab de un ser perverso, como si dijéramos, d diablo en agraz? Resolvió acometer una nueva experien escogió un ser infame, de todo punto iní Claro es que el diablo tenía donde escoge El malvado dormía, y pensó el diablo: es un sueño que me conviene. Está ó ei hecho á mi medida. El hombre dormía; el diablo le apretó el cuezo, y al abrir la boca con la angustia escapó el sueño entre gritos de dolor, y al- 1 v lo atrapó el diablo. Lo acomodó en el hueco de su cráneo, y se fué á dormirlo á lo más espeso de una espesísima selva. Conque á dormir. No, á dormir no; á revolverse entre nuevos tormentos. Aquel sueño le hizo sufrir el único tormento que no conocía, ó que sólo conocía por sacudidas repentinas y pasajeras, pero no continuas, intolerables: el miedo. El diablo no tiene miedo ni puede tenerlo; ¡qué puede pasarle peor que perder todo un cielo! Por eso está tranquilo ordinariamente. Pero desde el momento en que soñaba con el sueño de un malvado cualquiera, estaba sujeto á todos los accidentes de semejante sueño, incluso á los del Código penal, y tenía miedo; lo único que le faltaba. ¡Qué nueva tortura; qué nueva humillación! ¿Se descubrirán mis crímenes? ¿No se descubrirán? Ya se descubren; me prenden el juez, el escribano, la causa, la vista, la sentencia ¡Ahorcar al diablo! ¡ahorcarme á mí! Y el diablo se agitaba desesperadamente. No era un sueño, era una pesadilla horrible. ¡Bonito descanso, bonito olvido! Y siguió la pesadilla adelante con tonos cada vez más violentos, naás crueles, más angustiosos, más siniestros. Había que ahorcarle, y llegó el verdugo, y llegó el confesor; y el diablo, en las nieblas de aquel sueño endemoniado, miraba con estupor, casi con estupidez, aquellas figuras, y al confesor sobre todo. ¿Pero van 4 confesarme? ¡Confesarme á mí! ¿Pero esa gente sabe quién soy? Aquello era una burla, era un escarnio, era la mayor de las humillaciones. La pesadilla, sin dejar de ser crue era grotesca. Las dos cosas: grotesca y cruel. ¡No había recurso; tenía que confesarse el diablo! Esto no le había pasado nunca. Y él veía, veía el grupo ridiculo, ía escena nunca vista: el patíbulo, el diablo, es decir, él mismo, y el confesor al lado, esperando al verdugo. El diablo pensó, entre las extravagancias del sueño, que en sus excursiones de artista, él había contemplado algo parecido en un cuadro; el cuadro de los comuneros debía ser; entonces él sería Padilla. Pero no le iban á cortar la cabeza, le iban á ahorcar; esto era más innoble. Y sobre todo tener. que abrazarse al fraile y murmurarle al oído todas sus hazañas diabólicas. JMTS