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No ss fija el público en los nombres ilustres, y cuesta trabajo llevarle á rezar tm padrenuestro junto á nna sencilla losa en que se lee: KL POETA JOSÉ ZOERILLA en cuyas cintas la viuda que anoche coqueteaba en BU palco del Real, dice con letras doradas: A la memoria de mi inolvidable esposo La campana voltea, y desde los altos de los cemen- modelo de epitafios, sencillez cristiana del que tal vez se renmove en su tumba oyendo desde ella los doscientos Tenorios que se representan á estas horas en todos los teatros de España, produciendo una renta anual que el misero nunca disfrutó. ¿Quién lo puso un cirio? ¿Quién se acordó de él? El poeta José Zorrilla está allí solo ¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos! exclamaba otro poeta inmortal, que también tiene muy sencilla lápida en una de las Sacramentales madrileñas Estos no han logrado grandes monumentos como los ricachones que duermen el sueño eterno en esos mausoleos tan cursis que levanta el dinero de la familia rica improvisada. ¡Qué tumbas tan ostentosas! ¡Qué de cruces doradas y de epítetos estupendos dedicados á grandes agiotistas, á políticos enriquecidos á costa del pueblo, á generales que nunca oyeron silbar las balas! Y qué hermoso y conmovedor contraste con aquel epitafio que dice, ni más ni menos: terios se ve la Pradera de San Isidro, Palacio, San Francisco el Grande, campanarios, tejados, todo cubierto por un vaho de polvo y de alientos humanos que suben al cielo Y la multitud, en grandes masas, acude á ver sus muertos, vestida de negro, pero animada, ocurrente, deteniéndose en los paestos de golosinas ó llevándose una ristra de buñuelos que se reparten los muchachos. Toda esta masa, después de rezar el padrenuestro de familia ó de reir con la lectura de cuatro versos macarrónicos puestos de buena fe por un padre inconsolable en la tumba de su hijo, irá por la noche á ver á Don Juan matando á los hombres á docenas, seduciendo monjas, profanando cementerios. Le encantará Doña Inés que en cuerpo sin alma existe, y se acostará rendida, fatigada de haber tomado los muertos en serio y en broma. Y los grandes muertos, aquellos que cantaron las eternas glorias de España, los que sintieron con el pueblo y lloraron con él, los que le hicieron llorar ó reir en la escena, aplaudir ó protestar en el Parlamento, alborotar con frenesí en la arena candente de la Plaza de Toros, todos los héroes de una generación, volverán á quedarse allí solos, todo un año solos, envueltos en la atmósfera nebulosa de las noches de invierno, alumbrados por las fosforescentes luces que exhalan los huesos humanos Un día, un paseo, dos cirios, una exclamación, una sonrisa, ¡eso es lo que nos deben! N -lisgL r iXKXí w ti tí í j; i hijo Manuel, J J 1 rué á Cuba a servir alaPatna. a. volvto enfermoy pobre. 1 1 Sucívmh ¿4 ¡a ti i s el 10 3 ¿lí iUn padre nuestro por el amor- deD OS! ftSiPlwíéíMa mi wi í ¡Éstos, éstos son los grandes difuntos, los héroes ignorados y obscuros, los patriotas desdeñados, los hijos infelices de la infeliz España! A la puerta de la Sacramental venden castañas asadas, buñuelos, torraos, vino, aguardiente Los ciegos cantan cosas tristes, los mendigos piden á coro una limosna Entran de vez en cuando los lacayos de casas grandes llevan io los ricos cirios y las coronas DIBUJOS DB BLANCO COBIS