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No es extraño que al fijar la atención en la naciente república transvaaliana, sea tan general la sorpresa que causa el exacto conocimiento de aquel país. Habíamos creído suficiente para formar juicio las falsas noticias que á la sordidez de Inglaterra convino propalar, y convencidos de que era aquel u n pueblo de salvajes, cuyos moradores, víctimas del contagio que sin duda tenia que haber ejercido en ellos el continuo roce con las tribus indígenas, vivían abandonados de la civilización, ha tenido que ocasionarnos gran asombro saber que el progreso, salvaado mares y fronteras, arenales y rancherías, llegó hasta aquel olvidado rincón del Continente para poner á sus moradores á la misma altura que á los habitantes de Europa. En efecto, cuando después de dos semanas de viaje por mar, arriba uno al Cabo de Buena Esperanza y toma asiento en el ferrocarril que ha de conducirle á Johannesburg, comienza á desvanecerse la mala impresión que pudiera haberle causado la idea del viaje. No puede ser un tien excelente, en que hasta los de- S a é S S í W partamentos de tercera están almohadillados para que los viajeros puedan dormir cómodamente, el que debe llevarle á uno á un país de cafres. No puede ser el panorama espléndido que sorprende la vista al aproxiCASA DE CAMPO marse á la población, el que ofrezca un pueblo incivil. Cuando se entra en la población, queda borrada por completo la idea que se tenía del Transvaal. Los hermosos edificios de construcción moderna, entre los que abundan los hoteles rodeados de su jardín; los grandes establecimientos comerciales surtidos con los productos más selectos, los tranvías movidos por la electricidad, los carruajes de lujo y de alquiler tirados por excelentes caballos, la iluminación espléndida de las calles, los pormenores mil de la vida de u n a gran población que se ofrecen á cada paso, hacen olvidar á uno completamente que se encuentra en el África, para traerle la ilusión de qué vive en una ciudad del centro de Europa. Una existencia cóm. oda en Pretoria ó en J ohannesburg, resulta cara para un europeo; es verdad que en una tierra que tiene las entrañas de oro, debe concederse al dinero poco valor. Y tampoco se le concede que la moneda más pequeña que existe es de plata, y su equivalencia de treinta céntimos; el cobre no se usa, y u n periódico, la cosa más insignificante, se paga con u n a de esas moneditas con que aquí podemos comprar infinidad de objetos. Claro que los terrenos alcanzan precios fabulosos. Una extensión de quince metros cuadrados cuesta BAME DE MIHEROS