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I -V ARTURO. ¿Qué he de defenderla yo? ¡Toda! ¡toda! ¿Y qué verdad puede decir una boca que empieza por mentir al enseñar los dientes? -LUISA- -i Qué pillísimo eres, Arturín de mi vida! Y el caso es que me has convencido. Pues, bueno, esta noche me tienes que escribir otros versos, pero que te salgan de carretilla. ARTURO. Un poema si te da la gana. ¿Te gustan mucho los versos? LUISA. -Mucho, mucho, casi tanto como las ñores. Y á propósito, ¡míralas qué bonitas! ARTURO. ¿Dónde? EL GUARDA (Escenas del natural) Luisa y Arturo (novios) paseando por uno de los sitios menos frecuentados del Retiro. La madre de Luisa y una señora am ga suya sentadas en un banco. ESCENA I LUISA. -Pues si, te lo digo como lo siento. Me carga muchísimo que Eariqueta esté, siempre alabándote. Qae si eres tan guapo; que si eres tan bueno y tan elegante; que tienes muohísima ropa; que qué sastre te viste, y que es una lástima que no lleves lentes, porque á los hombres os favorecen mucho. ¿Qué tiene ella que hablar de tu cara, ni de tu bondad, ni de tu sastre, y por qué has de llevar t ú lentes? ÁRTORO. -Como no sea para verte como se ve á las imágenes muy bonitas y muy milagrosas, á través de un cristal LUISA. ¡Tontísimo! Pero no me convences con esas zalamerías; tú le miras demasiado á Enriqueta, y ella parece que quiere comerte con los ojos Oye. ¿te gustaría á ti más Enriqueta si llevara lentes? ARTURO. ¡Qctita de ahí! Las mujeres con lentes parecen poetisas. ¡Odio á la mujer que tiene que aconsonantar hombre con nombre ó con asombre! LUISA. -O con ARTURO. -ÍJo, si no encuentras otro consonante. Lo sé desde que te hice aquellos versos; ¿recuerdas? Al verte, Luisa, no hay hombre LUISA. -Ya lo creo; ¡y qué bonitos eran! Al verte, Luisa, no hay hombre ARTURO. -No hay hombre, Luisa, que al verte de tu rostro no se asombre, LtriSA. ¡y que no quiera ofrecerte smamor, su vida y su nombre! ¡Preciosos! Pero oye, ¿te costaron tanto trabajo? ¡Yo creí que te habían salido de carretilla, por el fuego de la inspiración, ó como se diga! ARTURO- Asl mo salieron; psro créeme que no hay más consonantes á hombro que esos dos. Lo vi en el Diccionario de la Rima. LUISA. ¿Y si hubieras escrito esos versos con lentes? ARTURO. -Vaya, ¿volvemos á los cristalitos? ¿Pero qué caso has de hacer tú de lo que diga Enriqueta, la cual, según mo has asegurado varias veces, tiene casi toda la dentadura postiza? LUISA. -No; casi, no. ¡Toda! No la defiendas. ülíujo D 2 MSNDi- a BKINtíA LUISA. -Allí, en medio del jardín. ARTURO. ¿Te las traigo? I LUISA. -No, por Dios, que va á venir el guarda. ARTURO. -Que venga; ¿á mí qué me importa? LUISA. -No, no, conténtate con el poema de esta noche. AETUEO. -Esta noche escribiré el poema, pero ahora to han gustado aquellas flores y te las voy á traer. LUISA. -Arturo, Arturo, no seas loco ARTURO (pisando ya la yerba del jardín) -Nada tem. as. Vuelvo con todas ellas. LUISA (mirando inquieta en derredor) -Pero, ¿y el guarda, y el guarda? ARÍURO (desde el centro del jardín) ¿Ves ésta qué bonita? ¿Me permites que la bese? Permitido. Y esta otra tan sonrosada como tus mejillas, ¿la beso? Permitido Ya tenemos dos flores y dos besos LuiSA. ¿Y el guarda? ARTURO. -Pues aquí hay otra preciosa; la corto, y otro beso. LTTISA. -No, tantos no, tantas no. ¡Jesús, qué miedo! no sé lo que me digo ARTURO- -Y allí, un poco más lejos, hay unas flores azules que están deseando verte. Voy por ellas, y que rabien de envidia al encontrarse con tus ojos LUISA- -No, no, más lejos no. ¡Arturo, Arturo! ARTURO (volviendo triunfante con un ramo) -Tómalas. Dios las hizo para ti, y yo te las traigo. LUIS -Gracias, gracias, Arturo; son preciosísimas, ¡pero qué miedo he pasado! A cada momento creí que venía e! guarda. ARTLTRO (con fuego) ¿Y qué que hubiese venido? No un guarda sólo, todos los del Retiro juntos no me podrían impedir que yo cortara y te trajera más flores. Les desafío á que me lo impidan. Que vengan, y volveré otra vez al centro del jardín LUISA. -No, no hagas más locuras. ¡Cómo me gustan! ¡qué bueno eres! ARTURO. -Bésalas para para que yo pueda escribir esta noche el poema LUISA (ruborizada) -Pero si las has besado tú antes... ARTURO (sonriente) -No vendrá por eso el guarda... (Luisa besa las flores, y después la feliz pareja va todo lo despacito que puede hacia el banco donde las dos personas mayores hablan por ¡os codos, seguramente de la carestía de los comestibles, y eso que los tenderos los falsifican, según puede verse en- todos los periódicos. ESCENA I I Luisa y Arturo paseando (al año, tres meses y cinco días de casados) por el mismo sitio del Retiro. LUJSA. -Mira, Arturo, mira en medio del jardín qué flores tan bonitas ARTURO (con voz seca y sin aflojar el paso) ¡Va á venir el guarda! (Siguen. E L AUTOR (pecando de indiscreto) ¿Habría, al menos, poema- aquella noche? J O S É DE R O U R E