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¡Quién está ahí! gritó Andrés. Nada. No respondieron. Y el marido se tiró por segunda vez del leoho nupcial, y ella también, y á un tiempo se lanzaron al salón, que encontraron desierto, completamente desierto- ¡Por el balcón! exclamó Teresa. En efecto, el balcón estaba entreabierto pero en un instante se convencieron los dos de que era imposible que nadie hubiera podido escalar u n segundo piso y entrar y manotear en el piano y desaparecer por el mismo balcón Andrés encendió una vela, y seguido de su mujer recorrió toda la casa. La criada, una asturiana joven y rolliza, dormía envuelta en un vaho de carne humana reñida con el agua En la cocina sonaba el goteo del caño de la fuente sobre la pila. En el comedor, el canario, que dor- QÍa hecho una bola en su jaula, despertó y les mi ó con ojos asustados. Decididamente, en la casa no ¿labla más seres humanos que los recién casados y la hermosa bestia de Mieres, cuyos ronquidos hacían temblar los cristales de su pestífera alcoba. ¿Pues qué es esto, Teresa mía? -decía Andrés volviendo al salonoitoanterior al dormitorio y volviendo á mirar á todos lados, y hasta debajo de la cama. ¿Qué es esto? ¿Nos habremos vuelto locos? ¿Has oído tú, como yo, unas notas por segunda vez? ¡Ya lo creo! Eran algo así como el principio del dúo de los Hugonotes, pero incompleto: Bella, divina, inoantatrice- ¡Eso es! Paitaban notas, pero recordaba el dúo- -Yo no me acuesto. -Pero, hija mía, es que yo estoy rendido; y como yo no creo en nada sobrenatural, indudablemente somos víctimas de una alucinación ¡Eso suele suceder! Lombroso, Caro, Robin, hablan de ello- -Acostémonos, pero quédate en guardia, ¡no te duerm. as! -No te duermas, no te duerm. as Hija mía, desde las diez de la noche me estás diciendo lo mismo, y yo tengo que descansar, porque he de estar en la oficina á las diez ¡Eh! ¡Qué diablo! ¡No será nada! -Pues si tú te duermes, velaré yo. -Te rendirá el sueño. -No lo creas. ¿Pero noves que no hay nadie? ¡Nadie! ¡nadie! ¡Ea, á la cama! Se acostaron. El reloj dio las tres. ¡Las tres! La mitad de la noche perdida por estas imaginaciones absurdas. No habían hecho más que recogerse y acababa Teresa de pedirle al San Antonio que pareciera el pianista, cuando de pronto, en las notas más graves del piano, ¡pom, pom, pom, y en seguida unos gritos estrié dentes, aullidos, ayes de ser sobrenatural- ¡Le mato! gritó Andrés saltando al suelo por la tercera vez y corriendo hacia el piano. Y encontró al gato, á su gato G- aribaldi, con las uñas cogidas entre dos teclas y gritando y pidiendo socorro, Una carcajada conyugal puso término al incidente, y parodiando á los personajes del Dante, no durmieron m. ás aquella noche. EusisBTO BLASCO DIBUJOS DE J I É N D E Z B E I N G A