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EL MÜSICO FANTASMA Estaban recién casados; no hacía ocho áias que les habla unido en santo lazo el cura de San G- inés, y vivían en un hermoso cuarto segundo de la calle del Arenal. No hay ofensa á la moral ni á las buenas costumbres en decir que dormían juntos en una amplia cama de matrimonio, y tampoco la hay en asegurar que eran las- j- dos de la madrugada cuando Y sucedió lo que voy á referir, i jé y que los recién casados no i dormían. Hubiera sido ilógico y aun indigno. Las dos acababan de sonar en el precioso reloj de la chimenea, I A ir regalo de boda de un senador por derecho propio, y como esto ocurría en el mes do Agosto y hacía un calor horroroso, el balcón estaba entreabierto. Pero en la alcoba nupcial a p e n a s entraba el aire, ni hacía falta. La hermosa novia y el gallardo marido comenzaban á quedarse dormidos á eso de las dos y media... cuando de pronto, en el piano que había en el cuarto, á cuatro pasos de ellos, sonó una escala entera: ¡Do re- mi- fa- solla- 8 Í- do! Andrés se sentó de un sal- to en la cama, y Teresa se agarró á su marido y escondió la cabeza en su pecho como los niños cuando se amedrentan. ¿Has oído? dijo él. ¡Sí; ha sonado el piano! Ha sonado el piano! -Aguarda- ¡lío, no me dejes; no vayas, que me estoy muriendo de miedo! -Sería ridículo T Andrés saltó de la cama y fué a v e r i o que sucedía. Daba luz á la alcoba una mariposa encerrada en artística lámpara, colgada delante de una imagen de San Antonio (muy expuesto allí á nuevas tentaciones) y alcanzaba con su reflejo á iluminar débilmente el salón, cuya puerta de salida á otras habitaciones de la casa estaba cerrada. Quiero decir con esto quu Andrés podía ver lo que en el salón ocurriera y que la puerta no se había abierto. No; no se había abierto, ni en el aposento había nadie, á menos de que el pianista furtivo so hubiese ocultado debajo del sofá, debajo de alguna de lasmesitas, cubiertas con lindos tapetes hasta el suelo y llenas í de artísticos cachivaches I Andrés lo pensó así: levany -If tapetes, alzó en vilo el sofá ¡No había nadie! En la casa no habitaba más que la criada, que dormía allá del otro lado, muy lejos- -No hay nadie, dijo An -r drés, de pie en medio del salón, magnífico, e n t o d a la fuerza y esplendor de s u s veinticinco años, pero no sin mirar constantemente en derredor suyo. -Míralo bien, le decís su mujer arrebujada en las sábanas. ¡Te d i g o q u e n o hay nadie! -No puede ser. -Eso mismo digo yo, pero así es. Sin duda que al comenzar á quedarnos dormidos hemos soñado, imaginando que el piano sonaba solo. ¡Yo no creo en lo sobrenatuj: al! exclamó Andrés, que había sido discípulo de Sanz delitío. Y volvió á acostarse, y tardaron en dormirse los cónyuges lo menos media hora, porque á pesar de la ideas positivas de él y de, la confianza que á ella le daba tener junto á su corazón el de su valeroso m a r i d o no se durmieroa del todo, aunque lo parecía. Y prueba de ello fué que al dar el reloj las dos y media, volvió á sonar algo que no era una escala entera y completa, sino una sucesión de notas disparatadas, mayores y menores: Se- si- dofa- re- do- si- sol- mi! E s t a vez marido y mujer se sentaron á la vez en la cama, repentinamente desvelados, con los ojos muy abiertos, mirándose el uno al otro y alarmados de veras.