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II Bonitas ó feas, buenas ó malas, las fiestas de Zaragozi. sello tan oaraoterístico, tan suyo y peonliar como la m oión, imposible de ooufundir con otra alguna de las eiuda las. Algún alialde emprendedor, alguna celosa comisión han intentado introducir en ol progran allí exóticos, y l a innovación ha frac pletamente. Se dieron carreras de cal tres años, y hubo que desistir de ellas; de flores han sido u n fracaso; las cab tórioas desfilaron entre la indiferenc Los fuegos artificiales han de quemars frente á la fuente, y han de acabar columinosa del Pilar y el despliegue de pa de la Virgen entre estallidos y be año pusieron una iraca a l estilo de V la gente no le gustó aquel cohete que zontalmente en vez do subir como diE. honda rediez, qué juerga de hombre! otro) E l año pasado hubo toro de fue San Sebastián, y el bicho no dio juego ni pudo dar u n paso. Nadie se movía para abrirle calle. Todo el mundo volvía l a cara, se sacudía las pumas tranquilamente y se quedaba quieto para no perder el sitio. En cambio los cabezudos son di, versión que no pasa, ni las garitas del Coso, ni las fiestas de la jota, que producen el delirio todos los años. Y en todo aquel barullo, e l buen aragonés recuerda á la pobre DKO DE BELCHITE Torre Nueva con su inclinación maravillosa, saludando continuamente al forastero, y la frasa de aquel baturro ante la campana de los cuartos, ociosa y volcada en el salón de la Lonja: ¡Quién tuviá los cuartos que tú has dau! Ya no hay Torre Nueva, y bien tirada está por el grave delito de inclinarse allí donde nadie se inclina. Hay aragonés que va á Zaragoza desde el último EN LA SAHTA CAPILLA rincón de España para rezarle un poco á la Virgen y ver correr á los cabezudos. Inmensa chiquillería, agitada y resonante eom un gran pandero, llena las calles, lanzando gritos y restallando látigos. Al arrancar el cabezudo á todo correr, se oye un zumbido sordo como el que produce una bandada de pájaros al escapar del olmo centenario donde cae una piedra. ¡Bendito regionalismo e l nuestro, que se limita á la jota y á los cabezudos, á los modismos y á las baturradas, á una vuelta por la parroquia del Gancho y á u n a lifara de costillas asadas al horno y regadas con vino de Cai- iñena ó de Cosuenda! III Baturros, lo que se dice baturros, no hay e n Zaragoza. La gente del Rabal y de la huerta visten pantalón largo y blusa ó chaqueta cortas, gorra en la cabeza y un garrote én la mano. Los foranos, los ranas, vamos, los de calzón corto, apenas si se ven más que para el Pilar; mas estos días llenan las calles los calzones anchos de Cinco Villas, los estrechos de la ribera del Jalón y de la provincia de Teruel, los calzones de pana rayada de los montañeses de Huesca, que vienen EN LAS GARITAS DEL COSO- -Madre, cómpreme un ¡líbete de esos que cliuaan. -Van muy caros. -Pus cómpreme un portamonedas con e ¿tos dos ríales pa que no me se pierdan. j -y j j j j j j q a i t a U ¿e la cabeza el sombrerillo de fieltro, duro como 1 v, K 1+ o u n a p i e d r a y COn e l DarDUqUejO e n e i COgOXe,