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lluvia y apretaado, en BU manita mojafasia moBé. d, a, d oro. orríferiSb por iíás calléEt y las plazas entre la sombra, de faTolá farol; de meokero á iñe phero. ¡Brilla un rayo, de luz, brilla lá. moned 3, aprietá el puno, y otra vez á la obscuridad! ¡Aqu lla- noolie fué- para Chinitas una: iioehe muy negra sembraíá de moneditas de oro! ¡Sorabra, sombra; oro, oro! ¡Otra carrera, otra plaza, otra calle, otra luz; sí, es oro! Y así horas y horas. Bien mirado, de este modo va el hombre por entre sombras y puntos de luz: son los desengañop, son las ilusiones; y á correr de mechero á mechero. Por algo decíamos que éste cuento tenía su mqraleja; ó de otro modo, su pequeña filosofía, pequeña como Chinitas. V Al Jin amaneció. F u é de día, y fué la luz bastante intensa para desvanecer todas k s dudas. Era ún a isabelina, una moneda de oro. Chinitas era rico, muy rico. Así pensaba éh una moneda de oro de cuatro duros no se acaba nunca. Y por obra y gracia del maravilloso metal, se transformó desde aquel momento el carácter de Chinitas. Perdió toda timidez; tuvo conciencia de su derecho, de su fuerza y de su valer. Ya no era un cualquiera, era un hombre rico; podía vivir y podía reclamar su parte de vida. Caminaba con firmeza, miraba con la tranquilidad del ser fuerte que está, en posesión de sí mismo. Hasta se atrevió á pedir un fósforo á un caballero para encender una colilla. Y al ofrecer una Correspondencia á otro caballero y decir éste que no tenía suelto, se la vendió á crédito. Daba y tenía crédito; era un potentado; poco le faltaba para tener cuenta corriente en el Banco. Y pasaron muchos años, y Chinitas subió y subió en la esfera social. Tenía talento, tenía honradez, y la moneda de oro, que siempre conservó en un saquito de tela y colgada al cuello, le dio confianza en sí mismo, energía y aplomo. La moneda de oro ejerció sobre Chinitas un influjo moral decisivo. Le dio lo único que le faltaca para la lucha tremenda por la existencia; la nota de confianza y de car- ácter. Chinitas es casi viejo; ya no es Chinitas, es el Excelentísimo Sr. D. Fulano de Tal. Querido, respetado, casi rico, casi feliz y, como acabamos de decir, ¿asi viejo. J u l nómioa, de la subida de los cambios y de la falta de oro. El excelentísimo señor recuerda al pobre Chinitas y se ríe con una risa entre alegre y melancólica. No se acabará el oro mientras yo tenga mi moneda. Y se evocaron recuerdos y se recordaron historias, y al fin el Excmo. Chinitas le presentó á su amigo la vieja isabelina. El hombre de negocios la contempló como filósofo, pero la examinó como banquero, y al fin lanzó una homérica carcajada. ¿Y en esta moneda se ha fundado tu existencia? ¿Y esto te ha dado valor para luchar, fuerza para sufrir, confianza en ti mismo, esperanza para el día de mañana, seguridad para el día de hoy? le preguntó. -Sí, contestó el viejo Chinitas con ecos rejuvenecidos del antiguo Chinitas. -Pero si es falsa, falsa como el alma de Judas. Y los dos se rieron largo rato y filosofaron de lo lindo. Bien dice un gran escritor: más progresa la humanidad por las grandes ilusiones que por l s grandes realidades. Y debe ser que la ilusión es el ideal. Aquella noche Chinitas agregó una cláusula á su testamento, disponiendo que le enterrasen con su falsa moneda de oro sobre el neoho. Chinitas siempre era Chinitas; por algo quería llevarse su moneda de oro al mtmdo misterioso de la muerte. 6I BDJ 8 BB UBS DSZ BBIKeA JOSÉ ECBEGÁEAT De la Eeal Acadeír ia Españr 1