Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
-A. ver: ¡gente que me siga! H a y que salvar á esos pobres. Era la voz r a d a é imperiosa del capitán Llovet. Se erguía sobre sus torpes piernas, la mirada brillante y ñera, las manos temblorosas por la cólera que le infundia el peligro. Las mujeres le miraban asombradas; los hombres retrocedíao, formando ancho corro en torno de él, que prorrumpió en juramentos, agitando sus manos como si fuera á cerrar á golpes con toda la chusma. Le enfurecía el silencio de aquella gente como si estuviera ante una tripulación insubordinada. ¿Desde cuándo el capitán Llovet ne encuentra en su pueblo hombres que le sigan al mar? Lo dijo rugiendo como un tirano que se ve desobedecido; como un Dios, que contempla la huida de sus fieles. Hablaba en castellano, lo que era en él señal de ciega cólera. -Presente, capitel, -gritaron á un tiempo unas cuantas voces temblonas. Y abriéndose paso, aparecieron en el centro del corro cinco viejos, cinco esqueletos roídos por el mar y las tempestades, antiguos marineros del capitán Llovet, arrastrados por la subordinación y el afecto que crea el peligro afrontado en común. Avanzaron, unos arrastrando los pies, otros con saltitos de pájaro, alguno con los ojos muy abiertos mostrando en las pupilas la vaguedad de la ceguera senil, todos temblorosos de frío, con el cuerpo forrado de bayeta amarilla y la gorra calada sobre dobles pañuelos arrollados á las sienes. Era la vieja guardia corriendo á morir junto á su ídolo. De los grupos salían mujeres y niños, que se arrojaban sobre ellos queriendo detenerles. ¡Agüelo! -gritaban los nietos. ¡Pare! -gemían las mocetonas. Y los animosos vejetes, irguiéndose como los rocines moribundos al oir el clarín de las batallas, repelían los brazos que se anudaban á sus cuellos y piernas, y gritaban, contestando á la voz de su jefe: -Presente, capitá. Los lobos de mar, con su ídolo al frente, abriéronse paso para echar al mar una de las barcas. Rojos, congestionados por el esfuerzo, con el cuello hinchado por la rabia, sólo consiguieron mover la barca y que se deslizara algunos pasos. Irritados contra su vejez, intentaron u n nuevo esfuerzo; pero la muchedumbre protestaba contra tal locura, y cayó sobre ellos, desapareciendo los viejos arrebatados por sus familias. ¡Dejadme, cobardes! i Al que me toque lo mato! -rugía el capitán Llovet. Pero por primera vez aquel pueblo, que le adoraba, puso la mano en él. Le sujetaron como á un loco, sordos á sus súplicas, indiferentes á sus maldiciones. La barca, abandonada de todo auxilio, corría á la muerte dando tumbos sobre las olas. Ya estaba próxima á los peñascos, ya iba á estrellarse entre torbellinos de espuma; y aquel hombre que tanto había despreciado la r m vida del semejante, que había nutrido á los tiburones oon tribus enteras y que llevaba un nombre aterrador como una leyenda lúgubre, revolvíase furioso, sujeto por cien manos, blasfemando porqueno le dejaban arriesgar la existencia socorriendo á unos desconocidos, hasta que, agotadas sus fuerzas, acabó llorando como un niño. DIBUJOS DB ESTEVAS VICENTE BLASCO IBÁÑEZ