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un hombre divertidísimo, á pesar de su cara fosoa y su mirada dura. En la playa del Cabañal la gente reunida á la sombra de las barcas roía recordando sus bromas. Una vez dio un convite á bordo al reyezuelo africano que le vendía los esclavos, y viendo borrachos á la negra majestad y sus cortesanos, hizo como el negrero de Mcrimee: desplegó velas y los vendió como esclavos. Otra vez, viéndose perseguido por un crucero británico, desfiguró su buque en una sola noche, pintándolo de otro color y caoibiando la arboladura. Los capitanes ingleses tenían datos en abundancia para conocer el buque del audaz negrero: pero como si no tuvieran nada. El capitán Llovet, como decían en la playa, era un gitano del mar y trataba su barco como á un burro de feria, haciéndole sufrir transformaciones maravillosas. Cruel y generoso, pródigo de su sangre y de la ajena, duro para el negocio y manirroto para el placer, los negociantes de Cuba le habían apodado el Gapitín Magnífico, y así seguían llamándole los pocos marineros de su antigua tripulación que aún arrastraban por la playa las piernas reumáticas, tosiendo y encorvando el pecho. Casi arruinado por empresas comerciales, al retirarse áe la trata se había metido en su casa del Cabañal viendo pasar la vida ante su puerta, sin otra distracción que jurar com. o un condenado cuando el reuma lo hacia permanecer inmóvil en su asiento. Por una respetuosa admiración venían á sentarse en la- acera algunos de aquellos vejestorios que habían recibido de él en otro tiempo órdenes y palos, y juntos hablaban con cierta melancolía de la gran calle, como el capitán llamaba al Atlántico, contando las veces que habían pasado de una acera á otra, de África á América, corriendo temporales y chasqueando á los polizontes del mar. En verano, los días que no apretaba el dolor y las piernas estaban fuertes, bajaban á la playa, y el capitán, enardecido á la vista del mar, desahogaba sus dos odios. Odiaba á Inglaterra por haber oído silbar más de una vez las balas de sus cañones. Odiaba la navegación á vapor como un sacrilegio maritimo. Aquellos penachos de humo que pasaban por el horizonte eran los funerales de la marina. Ya no quedaban sobro ol agua hombres del oficio: ahora el mar era de los fogoneros. En los días tempestuosos del invierno, siempre le veían en la playa con la nariz palpitante olfateando la tormenta, como si aún estuviera sobre cubierta preparándose á resistir el tiempo. Una mañana lluviosa vio correr la gente hacia el mar, y allá fué él, contestando con gruñidos á la familia, que le hablaba de su reuma. Entre las negras barcas encalladas en la orilla destacábanse sobre el mar, lívido y cubierto de espumarajos, los grupos de blusas azules, las faldas ondeantes por el vendabal, con las que se resguardaban de la lluvia las mujeres. Lejos, en la bruma que cerraba el horizonte, corrían como ovejas asus tadas las barcas pescadoras, con la vela casi recogida y negruzca por el agua, sosteniendo una lucha de terribles saltos, enseñando la quilla en cada cabriola, antes de doblar la punta del puerto, amontonamiento de peñascos rojos barnizados por las olas, y entre los cuales hervía una espuma amarillenta, bilis del irritado mar. Una barca desarbolada iba como pelota de ola en ola hacia la siniestra punta. La gente gritaba en la playa viendo á los tripulantes tendidos en la cubierta, anonadados por la proximidad de la muerte. Se hablaba de ir hasta la barca, de echarla un cabo, de atraerla á la playa; pero los más audaces, mirando las olas que so desplomaban llenando el espacio de polvo de agaa, callábanse atemorizados. La barca que saliera daría la voltereta antes de mover un remo.