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-Ea verdad que no es caro ¿Caánto valen esos dos, lib jics de la chimenea? La portera después de pensarlo: -Pongámoslos en ocho duros, si al señor lo parece- Los compro! ¡Como que oran magníficos! -Yo quiero las butacas, el comedor y las sillas doradas... -Lo que usted quiera, señorita. T con monos de cien duros adqoirieron cosas que valían di. jz ve íes más: y la portera, haciendo como que miraba por el cristal a l a calle, se enjugaba una lágrima. Aunque no haliía escrito más que la célebre zarzuela chulapa, ajgo tenía de autor dramático Arturo, y comenzó á suponer mil cosas. -Vaya, portera, dijo: esto no es natural. ¿Cómo es que todo esto so da por tan poco dinero? -Pues señor porque es míú, y yo no quiero hacerme rica á costa de la desgracia ajena En esta casa ha vivido ocho años una muchacha muy hermosa y muy buena, esclava do un pillo que la perdió y lo puso el cuarto y la ha tenido aquí encerrada y martirizada con sus celos y exigencias atroces... y precisamente cuando la infeliz, hace cuatro semanas, so sintió próxima á ser madre, entonces, ¿lo oyó usted bien? entonces aquel bribón la abandonó, enviándolo mil pesetas en un sobre La infeliz, viendo tal pago, so encerró una noche en su cuarto, se tendió en la cama, después de escribirme una carta diciendo que estaba sola en el mundo y me dejaba todo lo que tenía, se bebió yo no sé qué cosa, y á la mañana me la encontré muerta ¡Parece imposible que haya hombres tan malos! exclamó Dolores aterrada. Y la portera continuó: -Vino e l j u z g a d o se iba. á remover un lío do todos los demonios, pero como el otro tiene poder, echaron tierra encima la enterraron ¡pobreoita! ¡Lo que ella ha pasado con aquel hombre! Mire usted, vengan por aquí vea usted esíi cama tan bonita (y les acompañó al dormitorio) ahí la hallé por la mañana muerta Arturo estudiaba el cuarto con infantil curiosidad. J u n t o á la cama hab- a una imagen de la Virgen del Carmen. Y debajo una, fotografía que á Arturo le arrancó un grito del alma- -i i Mi padre! -Ese, ese es el bribón, que maldita sea su casta, dijo la portera sin darse cuenta del discurso que inconscientemente comenzaba á pronunciar el hijo aterrado 8i, era sa padre, el íntegro D. Bartolomé con toga y birrete de magistrado y debajo de la fotografía había estas palabras: A sn c íafl ta querida, su Bartolomé. Arturo estiba como loco. Dolores se había persignado espantada, y su 4 í novio le decía á la portera sacando del bolsillo la cartera en que guarí- daba las dos mil pesetas: -Le doy á usted ocho mil reales por ¿oáo l o q u e hay en la casa I- Tome ustíd, tome usted, y hágame un recibo diciendo quo soy yo, I Arturo Grave, quien compra el mobiliario do esta muerta ¡Y ponga I usted con la fecha las señas de la casa... Y la portera, entro la emoción de recibir de un golpe dos mil pesetas, y la fds. oinación que las palabras de Arturo le producían, cogió pluma y papel y extendió el recibo. Y Arturo, dándole el dinero, cogió aquel papel, arrancó de la pared la fotografía, salió á la calle arrastrando tras de sí á Dolores, entró en la primera papelería que halló á mano, pidió un sobre grande, encerró en él la fotografía y el recibo, y escribió en el sobre: Al RESPETABLE D. Bartolomé O- rave, sus repudiados hijos. D r B P j) S D! t M É N D E Z BSINGA EusBBio BLASCO