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Arturo traía otro. -Hay más de cuarenta almonedas, dijo Dolores, pero la primera que vamos á visitar es ésta y señaló con el dedo un anuncio ue decía: Mobiliario de lujo, baratísimo. Comedor completo, veinte duros. Sillas doradas, á cuatro pesetas. Cuadros, relojes, colgaduras, todo á precios reducidísimos. Olivar, 70. -Vamos allá ante todo, dijo Arturo. Algunos viajes tengo yo hechos á la calle esa, porque en ella está el circulo de San José de Calasanz, adonde iba mi padre todos los días. Diciendo estaba esto, cuando vio venir á su padre con un amigo antiguo de la casa, un D. Diego, coronel retirado, respetable también. D. Bartolomé atisbo de lejos á la amante pareja, le dijo algunas palabras á su amigo y se fué por otra calle. El amigo vin hacia Arturo y Dolores, y dijo: 1.1- -i- v -Con permiso de esta señora ¿quieres oir ana palabra? -Diga usted. Lo apartó un poco y exclamó: Tu padre está desesperado! -Ya lo sé. -Dice que tu matrimonio le va á costar la vida: que un hombre tan respetable como él ahora precisamente que van á hacerle senador Te digo, Arturo, con la franqueza y el cariño del que te ha visto nacer- -No se canse usted, D. Diego; j a no tiene remedio. Precisamente ahora mismo vamos á comprar los muebles para nuestra casa- ¿De modo que te em- peñas en hacer la desdicha del hombre m. ls honrado y de más moralidad de Madrid? ¿Y en qué falto yo á su honradez y á su moralidad? -Piénsalo bien, Arturo. -Pensado lo tengo. -Adiós. ¡Seguir bien! Dolores adivinó ¡a conversación; estaba contrariada. ¿Seré j- o la causa de que tu padre? -Ya no es tiempo do reflexiones, Dolores mía. -Yo me lo figuro tan serio, tan severo- íí lo es, pero eso no quiere decir que me sea imposible quererte ¿verdad? -Tienes razón, no hay que pensar en oso. Esta es la callo dol Olivar aquélla es la casa. Entraron. -Portera, ¿dónde es la almoneda? -En el principal: voy por la llave; yo soy la encargada de la venta- Qué primor de casa! exclamó Dolores en cuanto vio el salón. ¡Y ¿ué haexi gusto! Parece un nido ¿le enamorados- Ay, si señora, así lo era! ¿Cuánto valen estas butacas? -Doce duros. ¿Las dos? -Sí. señora; las dos. ¿Y el comedor? preguntó Arturo. la casa, y todo ¡á precios- -Si se lo llevan ustedes todo, treinta duros. No querían creerlo. Cortinas, mesa, buffet, la mantelería de colores, la vajilla preciosa, j- los cubiertos, y el cristal. ¿Cómo puede ser esto? preguntaba Arturo en voz baja á su novia. -Lo que falta en el salón y aquí, dijo la portera, lo han comprado los vecinos tle incroiblcs.