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EL RESPETABLE -No, do ninguna inanera, le había dicho ol respetable D. Bartolomé Grave á su hijo Arttiro. ¿Mi hijo casarse con una cómica? ¿El hijo de un magistrado, presidente deSala, gran oruz de Isabel la Católica, secretario del Círculo de San José do Oalasanz, casado con una tipleoilla por horas? No puedo impedirlo supuesto que tienes veintiocho años, pero conmigo has concluido para iiempre; y no sólo niego el consejo que pide la ley, iino que desde hoy te niego el saludo! Y el pobre Arturo se fué á vivir solo á un cuartito le ocho duros de la calle del Ave María, y decidió iásarse, porque estaba enamoradísimo y la muchacha i. quien quería era mu 3 honrada. Cantaba en pieceoi las flamencas, era huérfana, habíase defendido de ibonados ricos y de Celestinas infames. Quería con oda su alma á su novio, y había decidido casarse con ú, retirarse del teatro y dar lecciones de piano, 301 qne había recibido muy buena educación y sólo 3o r desdichas y catásti- ofes de familia había ido al eatro á ganar, como ella decía, un triste duro, que en ífooto era triste aunque lo ganase cantando. Tenía ahorrados cuatro mil reales en el Monte de edad, y Arturo poseía unas dos mil pesetas, producto de una zarzuelita que gustó mucho, muy I bonita, llena de lateros y golfas y municipales y borrachos. Catorce veces lo sacaron á la escena. Tampoco estaba conforme D. Bartolomé con que su hijo escribiera tales cosas. Quería que su hijo fuese juez municipal y entrase en la carrera donde él había adquirido la respetabilidad. Pero el hombre propone y Dios dispone. A D. Bartolomé se le llamaba siempre respetable en todos los periódicos y en los eneabezam, ientos de las cartas. Y, lo era. Carácter muy duro, pocas palabras, figura de magistrado imponente, muy buen cristiano, hombre de principios. En su casa le temblaban los otros dos hijos que tenía, y su santa mujer dicen que murió del susto que le dio un día porque fué tarde á misa Arturo se resignó á su suerte, pero le afligía mucho lo que le pasaba, porque era hijo amantísimo, tenía muy alta idea de la respetabilidad del autor de sus días, y hubiera preferido casarse con el beneplácito del intogro magistrado. En cuanto á Dolores, que asi se llamaba la novia, también se sentía un poco humillada; pero ¡qué renaedio! Cuando un hombre y una mujer se quieren, no reparan en nada. Pasó el tiempo legal, comenzaron á sacar los papeles, y hasta se anunció la boda, porque como Arturo había escrito la pieza aquella de las catorce salidas y le llamaban ya el popular autor de Las chalequeras barbianas, algún periódico de pequeña circulación dijo que se casaba con la hermosísima y aplaudida artista lírica señorita Cáscales. La cólera de D. Bartolomé estalló, y aquel día no comió de rabia, y llegó su imprudencia al extremo de hacer publicar en El Faro do la Justicia, revista de Tribunales, un suelto en que se decía que el respetable y eminente jurisconsulto D. Bartolomé Grave era ajeno al matrimonio de su hijo D. Arturo Cuando Arturo lo supo lloró en silencio crueldad tan indigna de un padre, y le ocultó á la pobre Dolores lo que el periódico decía, para no turbar la alegría con que estaba haciendo los preparativos de boda. Ya los papeles estaban corrientes. Ya los novios habían tomado un cuartito tercero muy lindo, con sol de Mediodía, en la calle de la Magdalena: para instalarse no faltaba sino comprar los muebles necesarios. Y Dolores dijo: -Mira, será una tontería que los compremos nuevos, cuando todos los días se venden de ocasión en Madrid y muy baratos. Lo que vamos á hacer es recorrer almonedas, y por poco menos de nada, amueblamos la casa. ¡Qné duda tiene! -Mañana lee t i El Liberal y yo leeré El Imparcial, y cuando vengas á buscarme á las doce, emprendemos nuestra correría. Arturo no había estado nunca en la modesta casa de Dolores. Sus relaciones habían sido tan honestas y tan decentes, que en los teatros no se hablaba más que de ellas. Nadie tuvo que decir nada de aquella muchacha tan formal, á quien Arturo esperaba á la puerta de su casa, la acompañaba al ensayo, volvía á buscarla por la noche, hablaban un rato en el café cercano, y volvía á dejarla á su puerta, seguro de ella, respetando su moralidad. Adiós, mi vida. Adiós, amor mío, hasta mañana. Asi se pasaron seis meses. Pues al día siguiente, como decíamos, fué Arturo á buscar á su novia; ya ella estaba á la puerta con un periódico en la mano.