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HIELO DERRETIDO P A R T E SEGUNDA Desde que se halló solo y desvalido en el témpano más alto de la montaña adonde Mefistófeles le llevara, Jenaro comenzó á padecer los achaques de la ancianidad. No le conturbaban ciertamente las pasiones tempestuosas, los deseos punzadores, ni los arrebatos frenéticos: su espíritu había perdido la sensibilidad y ganado el egoísmo. El alma de los viejos, rindiéndose por anticipado á la muerte, se acuesta en cuanto la ve venir, y envuelta e n l a sibana blanca, como César en la toga, vuelve la espalda al mundo. Todo le es indiferente, séase amenaza ó séase afecto. La carne es más batalladora: no so rinde sino cuando la muerte la deshace del todo. Herida y traspasada, pelea por vivir. Así es que, cuando no afecciones morales, mortificaban, á Jenaro los achaques, dolores, lacerías y des: composición de la carne vieja. r. f- Aunque según iba descendiendo por la montaña iba meV j orando, fué tan largo y penoso el descendimiento, que más de una vez, arrepentido del trueco, Jenaro rogó al demonio que teniendo por nulo el pacto, por cumplidos sus términos, viniera ya por su vida y acabase los martirios d ella. Le duraron cerca do treinta años, de los cuales ya sacó una experiencia: la de que los males aprietan pero no ahogan, por lo cual se prometió resistirlos con entereza si le acometieran en la futura juventud. Jenaro ganaba de día en día fuerzas, como si fuese convaleciendo de una enfermedad, hasta que una buena mañana se encontró en los cincuenta años, en plena virilidad y con el vigor y Ja madurez que le son anejos. (Favor inestimable y nunca gozado por otro mortal! Cada edad tiene sus pasiones, como cada latitud su vegetación peculiar. Las zonas calientes del Mediodía producen el verde naranjo con su fruto azucarado y su azahar aromoso. Las montañas del Norte producen el pino enhiesto que domina á los demás árboles y arbustos. Los cincuenta años son en la vida la zona del pino. El hombre gusta entonces de dominar. Quiere a, ntes ser obedecido que amado. Ve pasar á las mujeres sin sentir el deseo de cautivarlas; pero ve pasar á un hombre, ó á muchos hombres constituidos en sociedad, y siente la ambición de someterlos, ó á lo menos de gobernarlos. Es la edad de la pasión política.