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y San Miguel Areánge a! lí se celebran las procesiones, siendo verdaderamente soberbias las celebradas de noobe con antorchas, profasamente ÜTiminados la iglesia y el paseo. Quien las haya presenciado: quien haya visto el fervor con que los fieles se arrodillan ante la gruta y rezan á la Virgen, y el doloroso desfile de los enfermos, cojos, mancos, tullidos, impedidos, llevados en carritos desde el hospital á las piscinas; quien haya visto sus rostros demacrados, contemplándolos después á la salida del baño verdaderamente rejuvenecidos y llenos de alegría, habrá sentido su espíritu profundamente impresionado, conservará un recuerdo imborrable durante toda su vida, y repetirá las palabras del Santo: La fe, salva. Ese es el único recuerdo que el creyente, el artista y aun el viajero indiferente conservará de Lourdes. El pueblo, lleno do hoteles, fondas y casas de huéspedes de construcción moderna, por cuyas calles, atravesadas por el tranvía eléctrico, corre el agua con verdadera prodigalidad; los infinitos comercios y tiendas donde ss venden Recuerdos de Nuestra Señora de Lourdes; la campiña, aún siendo pintoresca; los altos picos pirenaicos, que serán pronto asaltados por el ferrocarril funicular ¡Nada de esto interesa, ni impresiona, ni resulta interesante! Si acaso, el pueblo antiguo de casas humildes, defendido por el histórico castillo. Pueblo de aspecto patriarcal, en cuya vieja fisonomía se retrata la alegría de ver cómo el presente se inclina con respeto ante el pasado, y cómo vive y triunfa la fe en medio de las turbulencias de los tiempos ANSELMO MARTIN Clf f