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¡El hielo! ¿EL? ¡Qué sugestiva palabra! ¡Qué gusto da, cuando se alcanzan treinta y ocho ó cuarenta grados á la sombra, escribir esta deliciosa palabra: ¡el hielo! Gracias á él, conllevamos mejor el verano y nos defendemos de sus implacables rigores. Antiguamente, cuando la fabricación, del hielo era desconocida en España, nuestros venerandos antepasados, los de la leyenda, debieron sufrir muy malos ratos condenados á botijo perpetuo, al agua con azucarillos. El botijo no siempre es dócil: los hay naturalmente expansivos que adm- iten el agua fresca, los hay del todo refractarios que la conservan caliente; éstos son incorregibles, y para ellos no basta entornar todas las puertas y balcones de la casa ni colocarlos en buenas condiciones en los pasillos á ñn de que reciban fácilmente la corriente de aire; nada, el botijo, como algunos senadores, no tiene más que una palabra; son lo más sesudo de Ocaña y de Alcorcen. Pero como todo llega en este mundo, allá por el año 78, vecino de la Constitución, se les ocurrió á los Sres. de Mahou establecer una fábrica de hielo, que hoy ha alcanMAQUINAS PRODUCTORAS zado verdadera importancia por la extmsión de su mercado y los excelentes elementos de que dispono para la fabricación. Y dirán ustedes, y sino lo dicen me anticiparé yo: ¿Cómo se hace el hielo? Pues como van ustedes á ver.