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s u bolsillo el instrumento, y se dedicó á pasarlo por el cuerpo mañana y ncciie. Al pronto no advirtió ningún alivio, pero corridos ocho ó diez días, notó con gozo que se le iba aquietando el corazón, y que ya le gustaba mirar á mujeres que no eran la gitanilla, y conversar con ellas y requebrarlas. Y al mes justo de pases de lima, Severo se halló curado del todo, sin acordarse más de la gitana que de su abuela. Terminados con lucimiento sus estudios, se dio Severo á la política, caldeada la cabeza, persuadido de que ciertos males que todos lloran podrían remediarse al aplicar él su conato y bríos al beneficio de la cosa pública. E a periódicos, asambleas, reuniones y clubs, derrochó elocuencia y energía el mozo, logrando hacerse centro de un grupo animado de más patrióticos deseos, determinado á seguir á su jefe hasta cualquier extremo y fin, pronto á la acción y á la lucha. Manifestaba Severo en sus discursos principios de oatoniana rigidez, y al exponerlos le encendía fiebre entusiasta, calentura generosa y nobilísima que le incitaba á cerrar contra los abusos y las iniquidades, y le movía á fustigarlas con recio látigo. La recién adquirida popularidad le exaltó más todavía, y habiendo sido elegido diputado, su indignada censura se explayó violenta y sin eufemismos, hiriendo en mitad del pecho á algún personaje poderoso. Entonces se levantó una cruzada contra Severo. A medida que su nombre rompía la obscuridad, sus palabras adquirían peso, relieve, mordiente, fuerza, alcance á distancia. Lo que dicho por otro no suscitaría protestas, dicho por él levantaba ampolla y el reguero de pólvora cundía, y Severo se hallaba sobre un foco de incendio. Furiosos los atacados, no repararon en arbitrios para la defensa. Dedicáronse á rebuscar en los antecedentes, en la familia y en el ayer de Severo Llamas alguna de esas historietas que ofrecidas por comidilla á la m. alignidad la enconan y soliviantan para que se aloe goteando ponzoña; y encontraron, porque siempre se encuentra, aun en el pasado más puro, aun en la más honrada familia, algo que interpretado y comentado por el odio resulte infamante. T Severo, herido en lo íntimo, en sus más sagrados afectos y ternuras, en lo que en el alma le dolía, contrajo pasión de ánimo creyéndose sin honra, pensando leer en cada rostro y en cada frase cruel alusión á su imaginaria vergüenza. A tal extremo llegó su cavilosidad, que no conoiliaba el sueño y había perdido enteramente el apetito y el buen humor. T al convencerse de que sufría, de que atravesaba un período de abatimiento y casi de desesperación, acordóse Severo otra vez de la lima del gitano, y sacándola del estuche de terciopelo en que agradecido la conservaba, la pasó reiterada y diariamiente por el cuerpo. A los quince días comenzó á notar gran mejoría; y como en estas afecciones morales mejorar es sanar, poco tardó en volver á su espíritu la calma. Pensó que tan amargo mal le había venido por meterse á redentor y explanar con independencia viril sus convicciones; decidió usar también la lima para templar aquella vehemencia de sentimientos y aquel celo inconsiderado por el bien general. La lima, en efecto, hizo su oficio, y Severo fué aquietándose, perdiendo vapor, viéndose libre de sus accesos de atonismo y sus arranques de virtud batalladora. Arriba y abajo la lima, vuelta y dale. Severo se reconciliaba más con la realidad y las impurezas que la acompañan. Y bien limado, acabó por encontrar que todo sucedía como debía suceder, sin qué cupiese arreglarlo de distinto modo, ni mejorarlo ni variarjo en un ápice. Desde entonces Severo tomó la vida como tomarse debe. A cada problema, á cada trance crítico, á cada desengaño, á cada caída del cielo. Severo agarraba su lima bienhechora, y pase va y pase viene, se administraba el soberano medicamento de la indiferencia. Si algo le convenía, lo dejaba correr; pero el resto lo limaba con persistencia, hasta suprimirlo, raerlo y hacerlo polvillo impalpable. La lima iba poco á poco quitándole á Severo cuanto estorbarle podía, cuanto significaba, según la frase del gitano, quebraeros de cabesa Y Severo de continuo elevaba acciones de gracias al gitano aquél, que le había resuelto cuantas dificultades complican la existencia, quitándole el hipo y el flato del ideal Ansiaba Severo volver á tropezarse con el gitano, á fin de besarle las manos reconocido y proclamarle el mayor sabio del orbe. Siempre andaba avizorando por si en algún sitio descubría la ridicula jeta, la desportillada boca y los malignos ojos emboscados tras las cerdas grises de jabalí del donante de la milagrosa lima. Con este afán, una noche en que había cenado fuerte al acostarse, rendido de cansancio y pesado de cabeza, parecióle que se iluminaba su dormitorio, y que en blanco fondo, como de escenario de linterna miágica, se aparecía u n viejo caduco idéntico al gitano en la catadura, aunque muy diferente en la indumentaria. En vez del puntiagudo sombrero de catite, el pañuelo liado á la cabeza, la chaqueta de alamares, la faja y los zahones, llevaba la aparición por única vesti- menta un paño gris como los sudarios polvorientos; por arma una guadaña en la diestra; por emblema en la siniestra una clepsidra. ¡Era el Tiempo, el Tiempo á la vez volador, lento y glacial, el que todo lo desgasta, el que todo lo carcome y disipa, el que trae en una misma bolsa el dolor y el consuelo! Y á la mañana siguiente Severo Llamas, pensativo, corrió á mirarse al espejo, y viéndose decaído, canoso, atropellado- -vie- o también en suma, -se explicó perfectamente las misteriosas virtudes de la lima, y agarrándola tardíamente airado, la arrojó por la ventana. SIBDJÓS OB H U E R T A S EMILIA PARDO BAZAN