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j ríu- É S- TMe. í -4 se: ÍS Es lá sinfonía del verano. Sus notas de Ittz vibrante saltan en. el pentagrama qtie forman los rayos del sol: poderosas y agudas cuando caen sobre los campos secos de Castilla, suaves y melodiosas cuando llegan hasta las playas del Norte. Pero en Madrid el ritmo del calor no tiene variantes; todos los veranos es el mismo; llega más tarde ó más temprano, pero llega siempre, pesando sobre la atmósfera y caldeándola con bocanadas de horno encendido. En el j ardín del hotel, la tierra gris y apelmazada chupa con sed hidrópica el agua pulverizada del riego; la arena de los senderos cruje bajo la planta del paseante; las ramas lánguidas de la palmera estiran sus hojas, que amari llean por los filos; en la tapia rojiza, que es un plano de luz, reposan los insectos; la fábrica del hotel vuelca una sombra mezquina sobre el suelo, y cosquilleando por entre las persianas, el rayo de sol llega hasta los tapices del muro Hace calor. La ventana cuadrada de la boardilla ábrese sobre la vertiente de los tejados; hasta aquella altura no suben los ruidos de la callé, porque son impotentes para romper la pesadez del ambiente; la cortina de lienzo, mediu levantada por un palo para que no roce la vegetación raquítica de los tiestos, permanece rígida, sin que una ráfaga de aire la haga temblar. A través de la atmósfera cargada de luz y como por entre la malla de una gasa azul, la mirada se congestiona ante la perspectiva de torres y tejados heridos por el sol. El pájaro, en su diminuta celda de alambres, no canta; el botijo, sobre la cazuela, no suda. ¡Horrible contrasentido! Sigue el calor. En la ancha vía quema el asfalto de las aceras; los faroles del alumbrado parece que arden; eLcristal de sua cuatro caras presenta en el centro una estrellita dorada; las paralelas por donde corre el tranvía rompen el plano de polvo de la carretera, que apenas levantado en millares de átomos vuelve á caer pesadamente; las cajas de los carruajes reflejan en su barniz charolado la luz del Mediodía; por la piel brillante de los caballos resbala el sudor. T la tienda donde la multitud se apiña, y el taller donde el obrero trabaja, y la fábrica donde la maquinaria ruge, todo caldea el aire y todo vuelca sobre la ancha vía más calor aún Allá lejos, en la planicie desamparada, donde nada hay que estorbe la omnipotencia de la luz que parece condensarse, un grupo de hombres se mueve pesadamente. La tierra que pisan arde como un infierno; en su interior se cuece el barro, que hecho ladrillos y tejas ser i después la habitación del hombre; no hay un árbol que vierta su sombra sobre el cuadro; por el aire no cruza un pijaro cuyos trinos rompan el silencio; hasta allí no llega el murmullo alegre del manantial. Allí e s t i n solos; el canto no les alegra, porque sus fauces estragadas no dan paso á la voz; respiran fuego, y fuego cae sobre sus espaldas negras, cuya piel quemada se abre en grietas; la mirada se pierde en el oontornu de la villa, que destaca sobre el azul fuerte del cielo la agrupación poderosa de torres y cúpulas; y el huiu que sale por entre las grietas del horno, elévase pesado y gris y envuelve en sus espirales á aquel grupo do hombres que se mueven con un trajín dantesco. De cuando en cuando, por la cuesta empinada del camino sube, polvoriento y sucio, el carro de los muertor. Es lo único que allí da frío ¡Horribles horas del verano! Y sin embargo, la Naturaleza parece como que goza con las caricias de fuego, y oye lasciva y amodórrala la sinfonía del calor, cuyas notas vibrantes saltan en el pentagrama que forman los rayos del sol. DIBUJO DK E 8 TEVAN FÉLIX LIMENDOUX