Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
A las onoe de la mañana el coche regio sale del palacio de Miramar, y en pocos momentos lleva á las personas reales al sitio destinado para que el Rey se bañe. Es el rincón de la playa más próximo á Palacio; sólo una sencilla cuerda separa el baño del Eey del resto de la Concha, donde se zambullen los simples mortales, donde los niños hacen trabajos do ingeniería, y las casetas, diseminadas por el declive de arena, simulan una ciudad lacustre habitada por anfibios. Lleva el Rey sencillo traje de plaj a, blusa marinera y holgados pantalones; un sombrero de paja de alas caídas le protege del sol. Asi aparece menos Rey, pero más niño que con los arreos militares, que constituyen su traje de ceremonia. Baja rápidamente la rampa que conduce á la arena y entra en la caseta real, que es u n kiosco muy sencillo y muy elegante. Forma un octógono semejante á las antiguas tabaqueras, coronado por un sencillo cupulín y con puertas de entrada y salida protegidas por marquesinas de lona. La caseta avanza y retrocede á voluntad por los rieles, que entran en el mar hasta gran distancia; pero generalmente el Rey no esquiva las miradas del público, que va á verle con verdadero cariño, no por simple curiosidad, que después de tantos años puede estar satisfecha de sobra. La caseta se detiene y el Rey salta á la arena en traje de baño, más obscuro, pero no muy diferente del que trajo á la playa. Antes de avanzar mar adentro juguetea con el perro que acompaña todas las mañanas á S. M. y luego se baña largo rato vigilado por uno ó dos de los seis bañeros que están al servicio de la Tamilia Real durante la temporada de baños. Es ésta una de las horas más deliciosas en la vida diaria del Rey; su mejor aperitivo y el más agradable descanso para sus estudios, porque el Rey no tiene vacaciones, sino la leve variación que en su faena intelectual supone esta especie de traslado de matrícula y algún alivio que impone la canícula á su riguroso horario de clases. Los baños de mar sientan muy bien al Rey, y este año tenía verdadera ansiedad por tomarlos, ya que el año anterior el conflicto internacional impidió el veraneo de la Real Familia. De ahí también el mayor interés con que el pueblo de San Sebastián y la colonia veraniega contemplan al Rey niño en cuantas ocasiones ofrece la vida veraniega de la corte, y sobre todo á la hora del baño, que es cuando la simpática figura del Monarca, desprovisto de atributos y cortejos reales, aparece en medio del mar con la ciudad por dosel y el cielo por corona. No permanece S. M. en el agua mucho tiempo; sólo el indispensable para que la prescripción higiéni-