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XvA COIVTFJLN: K; Í 5. JL IÍ IKL Por la misma razón que España y Portugal estaban llamadas á ser un solo pais, como partes integrantes de una península, los diferentes estados de la italiana debían venir á estar regidos por u n cetro único al cabo de los siglos, por la actual casa de Saboya, que ha sabido realizar la unidad del territorio fusionando todos aquellos pueblos enemigos seculares siempre, los de las eternas rivalidades güelfas y gibelinas, los de las luchas marítimas entre las repúblicas rivales, Genova, Veneoia, Pisa Pero el arribo á esta conclusión gloriosa no podía hacerse sino á la sombra de una bandera de libertad, y el último obstáculo tradicional que hubo de vencer el Píamente fué la resistencia del reino de Ñapóles, símbolo del ayer por necesidad, vieja corte aún con sus regimientos de suizos, con sus gendarmes, con su guardia real, con una porción de cosas pasadas de época. Y eso que en última instancia y como estéril y tardío recurso, la firma de Casella autorizó u n cambio de frente en el régimen del país, saltando de lo que hoy llamaríamos l a s doctrinas conservadoras más firmes á un liberalismo enteramente carbonarista. El reino de las Dos Sioilias no podía subsistir porque estorbaba á una gran idea, pero no debía de desaparecer sin lucha, porque regía sus destinos u n monarca joven, casi imberbe, muy entusiabta y pundonoroso, de caballerescos pensamientos y resuelto á sacrificarse en holocausto á su progenie y á su nación: Francisco I I Su odisea está reciente, es conocida de todos. E l alzamiento de Sicilia derrotando á los ejércitos dinásticos, el combata en las calles de Ñapóles, la sangrienta jornada contra el pueblo en Catania, y luego ia guerra, Messina y Cápua tomada, Gaeta siendo el triste epílogo en el que rodaba al mar aquella pobre corona, que, ni aun siendo modesta, acertó á sostenerse en las sienes que ceñía. Y entra aquí la parte conmovedora del calvario del rey mancebo. La suerte le había depararlo un apoyo firme, un pecho generoso en que descansar y cobrar alientos para la lucha, el de su esposa. La joven reina, de finas facciones y negros cabellos, tipo gravo y sencillo, alentóle á cumplir con su deber desde el primer instante, y no contenta con esto, le siguió á campaña, compartiendo con él las penalidades de la guerra, los riesgos de las batallas, las amarguras de la derrota. En G- aeta, durante el siiio, habitó la dama en la abovedada estancia de piedra de u n fuerte, sin apenas servidumbre, sin otro mueblaje que una mesita de escribir y el lecho. ¡Qué contraste con aquel hermoso golfo que coronan las brasas del Vesubio, y que descubriría desde su palacio de mármoles do Ñapóles en los días de la prosperidad! JUAN LUIS LEÓN