Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
que aquel acto, grandioso á los ojos de la gente de tierra, no era casi nada para un marinero, acostumbrado todos los días á idénticos peligros, y que por lo mismo apenas si lo eran para él. Tomás, la primera vez que el barón le negó la mitad de lo que pedía, contó sus cuitas á sus intimes, entre los que estaba el maestro de escuela, hombre muy dado á las ciencias y que aprovechaba todas las ocasiones que se le presentaban para citar teoremas geométricos y leyes de la Física. Guando supo la mezquindad del barón, dijo á Tomás: -Eso obedece á una ley que ya te enunciaré: la ciencia lo explica todo. El barón murió después de haber negado en redondo otra cantidad al pescador: Clotilde, que hacía años que se había casado, heredó, naturalmente, la fortuna de su padre, y su esposo, que era un coronel de caballería, accedió generosamente á que Tomás siguiera gozando de la peseta diaria que su difunto suegro le había asignado Así pasaron varios años; Tomás, que por el número de hijos que poseía caminaba rápidamente á la miseria, empezaba ya á ver en la peseta diaria de los Rosauras su única salvación para no morirse de hambre; pero como las desgracias en la vida van siempre juntas, un día recibió una carta del administrador de los herederos del barón en que le anunciaba que Clotilde se había separado de su esposo, huyendo al- extranjero (no decía con quién) y que el señor coronel se negaba á pagar la consabida peseta diaria. Tomás quedó sumido en la desesperación más espantosa; no podía concebir que así se olvidara por todo al mundo lo que era una deuda sagrada. Escribir á Clotilde era imposible, porque no se sabia dónde estaba; no había más remedio que apelar al coronel, y mejor que escribirle era verle. La casualidad hizo que este señor fuera destinado á San Sebastián, y Tomás salió en una trainera que llevaba sardina á la capital de Guipúzcoa, decidido á recordarle aquella acción, que jamás hubiera debido olvidarse. Trabajo le costó llegar hasta el coronel, que no recibía á nadie, ni iba á círculos, cafés ni paseos; pero por fin su tenacidad triunfó de todos los obstáculos, y logró ser recibido. -To soy- -empezó Tomás por decir- -el que salvó la vida á la señorita Clotilde cuando era niña. ¿Usted? -exclamó el coronel levantándose furioso. ¡Conque era usted! Si no se quita de mi presencia en el acto le pego un tiro. Y Tomás salió huyendo, asustado y aturdido, sin parar hasta el puerto. Cuando llegó á Deva é iba camino de su casa con las lágrimas en los ojos, se encontró al maestro de escuela, que le preguntó: ¿Se arregló eso? -No. ¡Claro! no se arregla por la ley que dice: La gratitud humana está en razón inversa de la distancia del beneficio. Tomás no entendió una palabra ni contestó nada. Llegó á su casa maldiciendo al barón, á su hija, á su yerno, á toda la familia; pero no se le oyó una frase que significase arrepentimiento por haber salvado á Clotilde. Eso obedecía á otra ley que el maestro de escuela no conocía: de las acciones buenas no se arrepiente nadie, aunque en vez de premio reciba un castigo. EMILIO SÁNCHEZ PASTOR DlBnjoa DE MÉNDEZ B S I N a A