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rreaíido sudor por todos sus poros y. calado de agua salada por los golpes de las olas, llegó triunfante á la orilla. Antes de que arribara, y metiéndose én el mar hasta la cintura, llegaron el barón y casi todas láSgentes que habían presenciado la escena. Clotilde venía desmayada; el barón la cogió en sus brazos, y sostenido por sus amigos, llegó á la arena seca, -besando sin o sar á su hija, que volvía en si y le abrazaba con íodá la fuerza de sus músculos, imposible describir íá escena de alegría qué allí se produjo; todos lloraban y gritaban á un tiempo, domiriártdo él confuso ruido las voces de los pescadores que felicitaban á Tomás en vascuence, en tanto qué él se secaba donde sé secan todos los chicuelos de las costas después del baño: al sol. No hay para qué expresar qué ofrecimientos haría el barón á Tomás. Llevarlo á Madrid, darle carrera, regalarle la finca qué poseía en Deva, era loí menos qué el agradecido padre quería hacer por el valiente muchacho; pero éste se negó á aceptar tan espléndidos ofrecimientos, y sólo pidió lo que consideraba la mayor de las dichas humanas: una peseta diaria de renta para toda su vida. Claro es qiae el barón accedió en el acto á esta proposición, aunque protestando de lo exiguo dé la petición y esperando confiadamente én qtie se presentarían muchas ocasiones en la; vida de Tomás para hacerle mayores donativos. El tiempo, con su incesante correr, separó pronto aquel interesante suceso de los que en él fueron partes principales. El recuerdo no se borraba, claro es, en ninguno de ellos, pero cada vez era menos vivo. Tomás, cuando llegó el momento de entrar en las filas del ejército, fué sorteado para Cuba, y tuvo la desgracia de que le correspondiese ir á servir á la gran Antilla. Acudió al barón, y éste pagó con el mayor gusto las dos mil pesetas para librar de la probable muerte al que había salvado á su hija. Luego se casó, y como era trabajador, tuvo pronto un pequeño maizal que su mujer cultivaba mientras él iba diariamente á la pesca; lindando con su propiedad había otra que, ¿orno vulgarmente sé dice, redondeaba la suya; valía mil pesetas, y sus esfuerzos no llegaban á ahorrar tan grande cantidad. Entonces se le ocurrió acudir al barón, como siempre, y aprovechan do la estancia de éste en Deva durante u n verano, hizo su propuesta en forma. í El barón de Eosaura le entregó las mil pesetas; pero esta vez le costó algún trabajo dar el dinero, y cuando Tomás abandonaba su hotel, murmuraba: -Eso es un caprichito, no es una necesidad; pero yo no debo negarle nada. Pocos años después fué necesario acudir al barón nuevamente, porque una pertinaz sequía destruyó toda la cosecha, y durante, el invierno no bastaba la peseta diaria para que viviera toda la familia de Tomás, ya bastante numerosa; luego sé ocurrió coiriprar un bote nuevo; después surgió la necesidad dé reedificar una pequeña casa que Tomás había heredado do sus padres; otra vez hubo que pagar las m. edioinas y asistencia facultativa de una larga dolencia padecida por el salvador de Clotilde; y todo esto se le pedía al barón, que cada veía daba el dinero con menos voluntad, y que por último llegó en la postrera petición á no querer regalar más que la mitad de lo que se le pedía, á pretexto de pérdidas sufridas en la Bolsa. El hecho heroico de Tomás estaba ya muy lejos; el barón so había cansado de estas peticiones, que Dios sabe á dónde llegarían si no las ponía coto; es verdad que Tomás le había prestado un servicio sin precio en lo humano; pero si bien se miraba, en el pescador no había tanto heroísmo y tanta abnegación como podía suponerse, por- V t. sf-