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-Mamá, tienes que perdonarme mi torpeza. Esta mañana recibí carta suya y n á d a t e he dicho. Ahora verás... Levantóse ágil y atravesó presurosa el paüillo, volviendo á poco de su alcoba con una carta de rasgado sobrescrito en la mano. -En vez de darte pormenores de palabra- -añadió á tiempo que recobraba su asiento, -prefiero leerla. A menos de que tú no te opongas, papá Encaróse con el viejo y vio que dormía. (Jon la cabeza inclinada sobre el pecho reposaba D. Leandro. Leopoldo, colocado en la alternativa de escuchar confidencias que no le importaban ó padecer la charla insustancial de sus amigos, optó por lo último, y luego de encapillarse el gabán y el sombrero, se plantó en la calle. La madre y la hija, temerosas de quebrantar el reposo del anciano, recogiéronse en un rincón del comedor. Entró la servidumbre, levantó los manteles, acomodó la vajilla en su sitio, y el sosiego volvió á llenar la habitación. Blanca leía á media voz, una media voz que, á compás de los sentimientos que iba expresando, henchíase de intima ternura. Cada hora que transcurre, decíale su amiga de la infancia, su casi hermana Pilar, me trae un dolor nuevo. El tiempo no hace más que transformar las penas, dándoles formas y colores imprevistos. No te ocultaré, porque mis disimulos no rezan contigo, que la causa de todo ha sido y es mi casamiento. ¡Por qué me casé! El egoísmo de mi marido se ha hecho más feroz después de sus victorias sobre mi credulidad. ¡Qué ser miserable es un hombre! No puedes imaginar lo que he sufrido y lo que sufro ahora en esta esclavitud sin amor. Yo creía en mi marido, tú lo sabes mejor que nadie, poniéndole sobro todas las cosas. Tú, que conoces lo que luché contra la intransigencia de mis padres, sabes también el arraigo que tenía mi esperanza matrimonial. Le amé porque me llenó, sin cálculo, buenamente, honradamente, como se quiere en la infancia; con afición tierna y efusiva. Ni la hostilidad de mis padres, ni la pobreza de él, fueron obstáculo serio para que nos casásemos. Se lo sacrifiqué todo. Mi vida, mi dicha posible, mi tranquilidad, mi posición, todo. A papá le acarreó la muerte mi desobediencia. Podrá eso no ser verdad, pero nadie me lo quita de la cabeza, I emana, que me quería más que á) ha negado contestación á las oar I ito. ¡Todo sea por Dios! Empiezo á I I d escasea más de lo que yo supo I I e ahora no me tengan cariño; pero i aeniegan consideración. ¡Se sufre ¿No se te ha ocurrido pensar alguis tener un segundo corazón residencia del orgullo? Este hombre, te hablo de mi marido, está muy por bajo del más humilde obrero. Este hombre no es nadie. Privado de una carrera, lleno de pretensiones literarias sin fundamento, odia á los pobres porque huelen mal y á los ricos porque se acicalan. De trabajar que no le hablen. Él es muy independiente y no se ajusta á la subordinación. En el primer año de casados, hizo un tomo de versos, que regaló. Luego no ha hecho nada más. Dice que el casamiento mata la inspiración, y me culpa de haberle robado la inmortalidad. Si me quieres bien, no te rías de estas cosas. Son muy tristes y duelen mucho. Ahora estamos gastando los últimos ochavos que me dejó papá. Te advierto que cuando él murió, mi marido no se creyó en el caso de enlutarse. Juega y bebe sin freno. Han retoñado en él sus hábitos de bohemia descuidada, y no hay más remedio que resignarse. Os echo mucho de menos, sobre todo á ti, mi Blanquita, mi hermana entrañable de toda la vida. Ya sé que t u hermano Leopoldo se ha licenciado en Medicina. Felicítale en mi nombre. A tu mamá un millón de besos. Lo que quieras para t u padre. Escríbeme cartas largas. Tu hermana Pilar. En un ángulo del comedor las dos mujeres lloraban en silencio. D. Leandro, retrepado en su sillón direotorial, roncaba pacificamente DS VÁRELA MAIIUEL B U E N O