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CIELO Y TIERRA Con alteración visible de una costumbre fd. míliar, nadie habló aq iiella noche de sobremesa. El comer de vigilia mataba la común locuacidad. Ni Blanquita Reyes, ni su hermano Leopoldo, que solían ordinariamente llevar asuntos á la conversación, quebrantaron el silencio que sucedió á la comida. Blanquita, armada de un menudo palillo, exploraba entre sus dientes blancos y sus jugosas encías, poniendo en aquella higiénica operación estudiada minuciosidad. Leopoldo, m. enos cuidadoso de su dentadura, entregábase al masculino esparcimiento de amasar bolas con residuos de pan. D. Leandro Beyes, el padre, parecía amodorrarse én su lenta digestión de dispépsico, al paso que doña Petra, posaba los embebecidos ojos en el mantel, como si los dibujos de la tela le dejasen entrever el enigma de su vida futura. En la placidez digestiva emperezábanse las inteligencias, las lenguas enmudecían y hasta los ojos propen- dian á humillarse, vagamente subordinados al sueño. Un criado que traía en la mano los diarios de la noche, vino á romper aquella atmósfera de quietud. D. Leandro fué el primero, antes por costumbre que por natural viveza, que pareció animarse. -Pepe- -dijo al fámulo- -dame acá La Corres tm r Calóse el anciano los quevedos, se incorporó en Ja silla y su mirada fué á parar sin ociosas dilaciones en la información de Bolsa. Enterado ya del precio á que se cotizara aquel día el Exterior, frunció el ceño, dobló el periódicp y lo dejó sobre la mesa. Las manos distraídas de Doña Petra no tardaron en incautarse del ejemplar. Aunquemetida en años, estaba la señora libre de miopía. Buscó la sección, de cultos, y su pensamiento, acometido de extraños fervores religiosos en la madurez, viajó de iglesia en iglesia, meditando los oficios divinos del día siguiente. De nuevo cayó el periódico sobre la mesa, y esta vez le tocó á Leopoldo el cogerlo. Un turno pacifico establecido tácitamente aseguraba á toda Ja familia el manjar intelectual de la hoja volandera. En Apolo- -dij o el mozo entre dientes, -La Chávala, La marcha de Cádiz, El santo de la Isiira Y decidió acudir á la última representación de la noche, por tratarse de un saínete que desconocía. JSíada de la primera y segunda plana de La Correspondencia parecía interesar en aquella casa. Abandonaba ya Leopoldo el periódico, relegándolo á la ínfima condición de un residuo más de Ja comida, cuando lo tomó Blanquita. Como á la descuidada y sin afanes curiosos, registró la primera y segundu plana del diario hasta encontrar los Ecos del gran mundo. Iamá- -exclamó apenas hubo leído unos cuantos renglones, -se casa Pernandita Luceño- ¿Sí? interpeló con viva curiosidad la anciana. ¿Y con quién? -Hace mejor boda que su hermana. Con Jenaro Esponda. ¿No recuerdas aquel mozo diplomático que nos filé presentado en casa de la Concha Cármenes? Pues el mismo- ¿Y es rico ese muchacho? -tornó á preguntar Ja dama. -Dicen que no está mal. Por de pronto, tiene una carrera y de las más lucidas... Fernandita es de una suerte loca desde el colegio- -Y la merece, aunque no tanto como su pobre hermana- -replicó doña Petra con tierna benevolencia en la voz. -A propósito, ahora que hablamos de Pilar, ¿sabes algo de ella?